Un paso deliberado que reduce montañas

Convierte la vacilación en un solo paso deliberado, y las montañas empiezan a parecer piedras. — Haruki Murakami
De la vacilación al movimiento
La frase propone un giro sencillo pero contundente: no se trata de eliminar el miedo o la duda, sino de convertir la indecisión en acción. Murakami sugiere que la vacilación, cuando se prolonga, multiplica el peso mental de cualquier reto; en cambio, un gesto deliberado corta el bucle de la anticipación. A partir de ahí, el foco deja de estar en lo que podría salir mal y pasa a lo que se puede hacer ahora. Ese cambio de estado —del pensar al hacer— no resuelve mágicamente el problema, pero sí altera la relación con él: el reto deja de ser un monstruo abstracto y se vuelve una tarea con bordes definidos.
El primer paso como acto de decisión
Lo crucial es que el paso sea “deliberado”, es decir, elegido con intención. No es impulso ciego ni huida; es una microdecisión consciente: enviar el correo difícil, abrir el documento en blanco, ponerse las zapatillas y salir. En ese gesto, la identidad cambia un grado: de espectador preocupado a agente que interviene. Por eso la metáfora funciona: una montaña representa lo inabarcable, pero una piedra representa algo que se puede rodear, levantar o apartar. Al decidir, no se encoge el mundo; se agranda la capacidad de actuar dentro de él, y esa diferencia es suficiente para modificar la percepción del tamaño del obstáculo.
La percepción del esfuerzo se recalibra
Después del primer movimiento, el cerebro obtiene evidencia: “puedo empezar”. Esa confirmación reduce la carga de incertidumbre, que suele ser más pesada que el esfuerzo real. Dicho de otro modo, parte de la “montaña” era niebla: su altura provenía de lo no medido, de lo no intentado. Este efecto aparece a menudo en experiencias cotidianas: alguien pospone una llamada por días y, al hacerla, descubre que duró dos minutos; o teme iniciar un proyecto y, tras escribir el primer párrafo, el resto encuentra un cauce. No cambia la realidad objetiva de la tarea, pero sí la proporción entre ansiedad y trabajo.
El paso deliberado crea una ruta
Además, un paso no solo reduce la intimidación: también inaugura un camino. Cuando una persona actúa, aparecen señales de navegación que antes no existían: qué falta, qué sobra, qué se puede delegar, qué requiere práctica. La acción genera información, y esa información vuelve la tarea menos mítica y más técnica. Así, la montaña se fragmenta en piedras: pequeñas unidades abordables. La transición es importante porque desplaza el problema del terreno emocional (“no puedo con esto”) al terreno operativo (“¿cuál es la siguiente piedra?”). El reto se vuelve una secuencia, no un bloque.
Disciplina creativa y estilo Murakami
La sentencia encaja con la sensibilidad de Murakami, cuya obra suele explorar la perseverancia como puerta a estados profundos, ya sea en la soledad, el correr o la escritura. La idea suena a ética de taller: lo extraordinario emerge de lo repetible, y lo repetible comienza con un acto claro, casi humilde. En ese sentido, la frase no romantiza la fuerza de voluntad como heroísmo, sino como práctica. Primero el paso; luego otro. La grandeza no desaparece, pero deja de paralizar, porque se la enfrenta mediante ritmo y continuidad, no mediante inspiración repentina.
Una guía práctica para lo cotidiano
Finalmente, la frase funciona como regla de intervención: cuando aparezca la vacilación, diseñar un paso deliberado tan pequeño que sea imposible negociar con él. No “resolver la vida”, sino “abrir la agenda”, “escribir el título”, “caminar cinco minutos”. Esa escala mínima protege el inicio. Con el tiempo, esos pasos no solo mueven proyectos: entrenan una confianza concreta. Y cuando llega el siguiente desafío —otra “montaña”— la mente recuerda la experiencia previa: empezar reduce el tamaño percibido. Entonces, lo que parecía enorme se convierte, de nuevo, en una serie de piedras manejables.