Libertad, voz y esperanza frente al silencio

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Elige la libertad para ti misma negándote a permanecer en silencio sobre tus esperanzas. — Simone de Beauvoir

La libertad como decisión activa

La frase de Simone de Beauvoir presenta la libertad no como un estado que se recibe, sino como una elección que se ejerce. “Elige la libertad” sugiere un acto deliberado: tomar postura ante lo que te reduce, te calla o te vuelve espectadora de tu propia vida. Así, la libertad aparece ligada a la voluntad cotidiana, a pequeños gestos que, acumulados, cambian el rumbo de una biografía. A partir de ahí, la cita insinúa una ética de la acción: si la libertad se elige, también se practica. En sintonía con el existencialismo que atraviesa su obra, Beavouir recuerda que la autonomía no se sostiene en abstracto, sino en decisiones concretas que afirman el propio proyecto vital.

Romper el silencio como afirmación del yo

Después de plantear la libertad como una elección, Beauvoir señala el obstáculo principal: el silencio. Negarse a permanecer callada es negarse a desaparecer, a hacerse pequeña para encajar, a aceptar que lo importante solo se decide en otros lugares. Hablar, en este marco, no es mera expresión emocional: es una forma de existir públicamente, de reclamar presencia y legitimidad. Por eso, la voz se vuelve herramienta política y personal a la vez. Incluso en situaciones íntimas—una conversación difícil, una petición aplazada, una injusticia “menor” en el trabajo—romper el silencio puede ser el primer acto de libertad, porque desplaza el centro de gravedad desde la resignación hacia la afirmación.

Las esperanzas como proyecto y horizonte

Lo que no debe silenciarse, dice Beauvoir, son las esperanzas. No habla de certezas ni de triunfos, sino de aquello que todavía está en construcción. La esperanza aquí no es ingenuidad; funciona como brújula: nombra lo que deseas llegar a ser, el tipo de vida que intentas sostener y el mundo que consideras posible. En continuidad con esa idea, poner en palabras las esperanzas las vuelve más reales y defendibles. Cuando se verbaliza un anhelo—estudiar, salir de una relación dañina, crear, migrar, liderar—se transforma en compromiso, y el compromiso organiza acciones. Callar, en cambio, mantiene el deseo en la penumbra, donde es más fácil que se diluya.

La dimensión feminista de la voz

El llamado de Beauvoir cobra especial fuerza en su contexto: su reflexión sobre cómo muchas mujeres han sido educadas para la complacencia y la invisibilidad. En El segundo sexo (1949), ella analiza cómo la sociedad empuja a la mujer a ser “lo otro”, a vivir en función de expectativas ajenas. De ahí que hablar de las propias esperanzas no sea un capricho individual, sino un gesto que desafía una distribución histórica del poder. A continuación, la frase puede leerse como una invitación a desobedecer el mandato de discreción. Cuando una mujer nombra su ambición, su deseo o su descontento, altera el guion: ya no es solo objeto de relato, sino autora. Esa autoría es una forma concreta de libertad.

El costo y el valor de decir la verdad

Sin embargo, negarse al silencio no siempre es cómodo. Hablar puede traer conflicto, rechazo o pérdida de seguridad, y Beauvoir no lo oculta: elegir la libertad implica asumir riesgos. En muchos entornos, la tranquilidad depende de que ciertas verdades no se digan; por eso, expresar esperanzas puede ser percibido como amenaza, porque exige cambios y redistribuye atención y recursos. Justamente ahí aparece el valor del gesto: decir lo propio cuando callar sería más fácil. La libertad, en esta lectura, no se mide por la ausencia de obstáculos, sino por la capacidad de actuar con sentido pese a ellos. La voz no elimina el costo, pero evita el precio mayor: renunciar a una vida elegida.

De la palabra a la práctica cotidiana

Finalmente, la frase aterriza en lo concreto: elegir la libertad “para ti misma” implica un cuidado activo del propio destino. No se trata solo de proclamarse libre, sino de crear condiciones para serlo: pedir apoyo, buscar redes, formarse, poner límites, negociar, irse cuando hace falta. La palabra abre la puerta; la práctica la mantiene abierta. En ese cierre, Beauvoir deja una guía sencilla y exigente: nombra tus esperanzas para no traicionarlas. Al expresarlas, las vuelves visibles para ti y para otros, y esa visibilidad facilita decisiones coherentes. Así, la libertad deja de ser un ideal distante y se convierte en un hábito: el de no callar aquello que te orienta.