Ser única antes que ser la mejor

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No quiero ser la mejor; quiero ser la única. — Coco Chanel

La ambición replanteada

La frase de Coco Chanel desplaza el centro de gravedad de la ambición: no apunta a ganar una competencia, sino a evitarla. “Ser la mejor” supone un ranking, un jurado y criterios ajenos; en cambio, “ser la única” propone crear un territorio propio donde la comparación pierde sentido. Así, el deseo no es superar a otras personas, sino construir una identidad tan nítida que resulte irreemplazable. Este giro tiene implicaciones prácticas: cuando la meta es ser la mejor, el camino suele depender de estándares cambiantes; cuando la meta es ser única, el trabajo se orienta a la coherencia interna—una voz, una estética, una forma de hacer—que se reconoce incluso sin firma.

Diferenciación como estrategia creativa

A partir de esa ambición, la unicidad funciona como estrategia: la creatividad se convierte en una apuesta por la diferencia más que por la superioridad. Chanel, en el imaginario cultural, encarna esa ruptura con lo establecido al simplificar siluetas y desafiar códigos de vestimenta, una narrativa que refuerza la idea de que la originalidad abre puertas que el perfeccionamiento dentro de lo mismo no abre. En otras palabras, la frase sugiere que la ventaja competitiva más sólida puede ser la singularidad: no se trata de hacer “mejor” un modelo existente, sino de proponer un modelo nuevo. Cuando eso ocurre, el público ya no pregunta quién ganó; pregunta quién es esa voz distinta.

El riesgo de la comparación constante

Este planteamiento también es una crítica indirecta a la comparación, que tiende a drenar energía y claridad. Vivir para “ser la mejor” puede volver a la persona dependiente de métricas externas—aplausos, tendencias, rankings—y convertir cada logro en algo provisional. Por contraste, la búsqueda de unicidad desplaza la validación hacia la consistencia: ¿esto se parece a mí?, ¿expresa mi criterio? Ese cambio reduce la ansiedad del “siempre falta algo”, porque ya no se persigue un primer lugar inestable. En su lugar, se construye una identidad con límites definidos, capaz de sostenerse incluso cuando el contexto premia otras cosas.

Unicidad no es aislamiento

Sin embargo, “ser la única” no necesariamente significa apartarse del mundo ni negar influencias. Más bien implica metabolizarlas: aprender de otros sin convertirse en copia, tomar referencias sin perder el hilo propio. De hecho, muchas innovaciones surgen de una mezcla cuidadosa que, con el tiempo, se vuelve reconocible como estilo personal. Aquí la transición es clave: la unicidad no nace de la nada, sino de decisiones acumuladas. Lo “único” se fabrica a través de elecciones repetidas—qué aceptar, qué rechazar, qué pulir—hasta que aparece una firma intangible que otros identifican aun sin poder describirla del todo.

Identidad, marca y legado

Finalmente, la frase anticipa una idea moderna: la marca personal (o creativa) como promesa distintiva. Una persona “única” no es solo alguien talentoso, sino alguien memorable; y lo memorable suele provenir de una propuesta consistente a lo largo del tiempo. En ese sentido, Chanel sugiere que el legado no se construye ganando hoy, sino siendo reconocible mañana. Así, el objetivo deja de ser una medalla y se convierte en permanencia: cuando la unicidad está lograda, la competencia se vuelve irrelevante porque no hay sustitutos exactos. La pregunta ya no es quién lo hace mejor, sino quién lo hace de esa manera.