Progreso imperfecto: moverse antes que planear

Copiar enlace
3 min de lectura
Elige el movimiento en lugar de planes perfectos; el progreso prefiere pies imperfectos. — Søren Kie
Elige el movimiento en lugar de planes perfectos; el progreso prefiere pies imperfectos. — Søren Kierkegaard

Elige el movimiento en lugar de planes perfectos; el progreso prefiere pies imperfectos. — Søren Kierkegaard

El impulso de empezar

La frase invita a desconfiar de la tentación de esperar “el momento ideal”. Kierkegaard sugiere que, frente a la parálisis del plan perfecto, la acción tiene una ventaja decisiva: crea realidad. Moverse, aunque sea con torpeza, abre caminos que el pensamiento puro no puede revelar. A partir de ahí, la idea central se vuelve práctica: el progreso no exige pureza, sino continuidad. Un paso imperfecto ofrece información, ritmo y confianza; un plan impecable, si no se ejecuta, solo acumula promesas. Por eso el movimiento no es un premio al final del proceso, sino el inicio mismo del aprendizaje.

La trampa del perfeccionismo

Después de reconocer el valor de empezar, aparece el obstáculo más común: el perfeccionismo que se disfraza de preparación. “Un poco más de investigación”, “un curso más”, “cuando tenga más tiempo” se convierten en un refugio elegante para no exponerse al error. La perfección, así, no es un estándar; es una demora. En este punto, la frase funciona como antídoto: si el progreso “prefiere pies imperfectos”, entonces la imperfección deja de ser vergüenza y pasa a ser combustible. Incluso un avance desordenado rompe el hechizo de la inacción y obliga a lidiar con lo real, no con lo imaginado.

Aprender caminando

Una vez que se actúa, ocurre algo que el plan perfecto rara vez contempla: el mundo responde. Los intentos imperfectos generan retroalimentación, y esa información ajusta el rumbo con una precisión que ninguna previsión puede igualar. En otras palabras, el movimiento convierte la incertidumbre en datos. Por eso, la mejora no suele ser un salto limpio, sino una serie de correcciones pequeñas. Una anécdota típica en cualquier oficio lo muestra: el primer borrador de un texto suele ser torpe, pero solo existe gracias a que alguien se atrevió a escribirlo; luego, la revisión hace el trabajo fino que la imaginación no pudo hacer a solas.

Kierkegaard y la elección concreta

Al conectar la cita con el propio Kierkegaard, la consigna adquiere un tono existencial: vivir no es resolverlo todo antes, sino elegir. En *Either/Or* (1843), el filósofo explora cómo la indecisión puede convertirse en una forma de vida, donde se preservan todas las posibilidades a costa de no realizar ninguna. Frente a eso, decidir es arriesgar. Así, “moverse” no es solo productividad; es compromiso con una dirección. La imperfección de los pies recuerda que toda elección humana es finita y situada. Pero precisamente ahí está su fuerza: una vida se construye con actos concretos, no con mapas impecables.

Progreso como hábito, no como hazaña

Si el movimiento importa más que el plan perfecto, entonces el progreso se vuelve un asunto de hábitos. En lugar de esperar grandes momentos de inspiración, la frase empuja a diseñar prácticas sostenibles: escribir veinte minutos, caminar cada día, enviar una propuesta semanal, iterar un proyecto por versiones. Con esta transición, la ambición se vuelve más realista y más poderosa. Los “pies imperfectos” sugieren constancia: pasos pequeños, repetidos, que con el tiempo superan a los arranques heroicos. La excelencia aparece como consecuencia del recorrido, no como condición para empezar.

Cómo aterrizar la idea en el día a día

Finalmente, la cita propone una estrategia simple: reducir la fricción de comenzar. En vez de preguntarse por el plan ideal, conviene elegir el siguiente paso más fácil de ejecutar y lo bastante concreto como para hacerse hoy. Ese paso, por imperfecto que sea, ya es una victoria sobre la inercia. Y cuando aparezca el miedo a equivocarse, el criterio puede ser este: ¿qué acción mínima me dará información real? El progreso “prefiere” esos pasos porque son verificables. Al repetirlos, el plan deja de ser un castillo mental y se convierte en una ruta viva, corregida por la experiencia.