Convertir el presente en un lienzo vivo

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Haz del presente tu lienzo: comienza, y el mundo encontrará colores para encontrarte. — Chimamanda N
Haz del presente tu lienzo: comienza, y el mundo encontrará colores para encontrarte. — Chimamanda Ngozi Adichie

Haz del presente tu lienzo: comienza, y el mundo encontrará colores para encontrarte. — Chimamanda Ngozi Adichie

El presente como punto de partida

La frase plantea una invitación directa: no esperar a que las condiciones sean perfectas, sino tratar el ahora como un espacio disponible para crear. Al llamar al presente “lienzo”, Adichie sugiere que la vida no se revela primero como una obra terminada, sino como una superficie abierta donde cada decisión deja trazo. A partir de ahí, la urgencia no es ansiedad, sino agencia. Comenzar se convierte en el gesto mínimo que rompe la inercia: escribir una página, hacer una llamada, probar una idea. Y, al dar ese primer paso, el presente deja de ser un pasillo de espera y pasa a ser el taller donde se construye sentido.

El valor del “comienza”

Después de situar el presente como materia prima, el imperativo “comienza” concentra la ética de la acción. No se trata de empezar con garantías, sino de empezar para fabricar condiciones. Esta lógica recuerda cómo muchas trayectorias creativas nacen de borradores torpes que, con el tiempo, se vuelven estilo. En esa línea, hay una pequeña paradoja fértil: el movimiento genera claridad. Al iniciar, aparecen preguntas más precisas, límites reales y también oportunidades imprevistas. Como en cualquier oficio, la mano aprende mientras hace; por eso, el comienzo no es un trámite antes del logro, sino una parte esencial del logro mismo.

Los colores: señales que emergen al actuar

Luego aparece la imagen más luminosa: “el mundo encontrará colores para encontrarte”. Los colores pueden leerse como señales, resonancias y conexiones que solo se vuelven visibles cuando ya estás en marcha. En otras palabras, la respuesta del entorno suele llegar después del gesto, no antes. Así, el mundo “colorea” tu camino con coincidencias útiles, personas afines, oportunidades y aprendizajes que no estaban disponibles para quien se quedó esperando. Esto no idealiza la realidad; reconoce que el azar y la red social importan, pero también que la acción crea superficie de contacto con esas posibilidades.

Identidad construida, no aguardada

A continuación, la frase sugiere que “encontrarte” no depende solo de introspección, sino de interacción. La identidad se afina en el hacer: al intentar, fallar, ajustar y volver a intentar. En ese proceso, el yo deja de ser una esencia oculta y pasa a ser una práctica. La idea dialoga con perspectivas existencialistas: Jean-Paul Sartre en *El existencialismo es un humanismo* (1946) sostiene que la existencia precede a la esencia, es decir, nos definimos por actos. De modo similar, Adichie insinúa que el mundo te reconoce —y tú te reconoces— cuando hay obra, trazo y dirección.

De la ambición a la rutina creativa

Con esa base, el consejo se vuelve aplicable: convertir el presente en lienzo implica trabajar con lo que hay hoy, no con lo que faltará mañana. A menudo, la ambición se atasca por su propia magnitud; en cambio, la rutina —pequeña, repetible— permite sostener el impulso inicial. Un ejemplo simple: quien desea escribir puede empezar por diez minutos diarios, sin esperar “tiempo libre” perfecto. Al poco, el mundo aporta colores: un libro recomendado, una conversación que dispara una idea, un lector temprano. La constancia crea un ritmo que vuelve más probable el encuentro con esos tonos.

Coraje práctico frente a la incertidumbre

Finalmente, la frase es una defensa del coraje cotidiano: actuar aun sin mapa completo. El lienzo siempre contiene riesgo, porque cada trazo compromete, pero también abre posibilidades. En vez de prometer resultados, el mensaje promete contacto: al empezar, entras en el campo donde pueden suceder cosas. Por eso, la propuesta concluye con una ética de confianza activa: no confiar en que el mundo te rescatará, sino en que el mundo responderá a tu movimiento. El color llega como consecuencia de presencia y trabajo; y, con el tiempo, ese intercambio entre tu gesto y la realidad termina por dibujar una vida reconocible.