Vacilar, experimentar y aprender del fracaso

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Convierte la vacilación en un experimento; el fracaso es datos, no un veredicto. — Ada Lovelace

De la duda a la curiosidad

La frase propone un giro sencillo pero profundo: en lugar de interpretar la vacilación como debilidad, sugiere tratarla como una señal de que falta información. Así, la duda deja de ser un freno y se convierte en una invitación a preguntar, probar y observar. En ese cambio de marco mental, el foco ya no es “¿y si sale mal?”, sino “¿qué puedo descubrir si lo intento?”. A partir de ahí, la persona recupera agencia: no necesita certeza absoluta para moverse, solo un siguiente paso lo bastante pequeño como para ser explorado. Y cuando la acción se entiende como exploración, la presión por acertar a la primera pierde fuerza.

El experimento como método de vida

Convertir la vacilación en experimento implica adoptar una lógica parecida al método científico: formular una hipótesis, definir una prueba y aceptar que el resultado—sea cual sea—tendrá valor informativo. En vez de apostar todo a una decisión irreversible, se diseñan intentos acotados, con costos y riesgos controlados. Por ejemplo, si alguien duda de un cambio profesional, puede “prototiparlo” con un curso breve, entrevistas informativas o un proyecto paralelo. De este modo, cada paso crea evidencia real, y la confianza nace de la experiencia acumulada, no de la fantasía de seguridad perfecta.

Fracasar no es sentencia, es medición

La segunda parte del pensamiento es aún más liberadora: el fracaso deja de ser un juicio sobre la persona para convertirse en un registro sobre el proceso. Decir “son datos” significa que el resultado informa qué no funcionó, bajo qué condiciones y por qué; en otras palabras, ofrece pistas concretas para ajustar la estrategia. Este enfoque recuerda la cultura de iteración en la ingeniería y el diseño: fallar temprano y barato permite aprender rápido. La vergüenza se reemplaza por análisis, y el aprendizaje se vuelve inevitable porque cada intento produce información utilizable.

La herencia de Ada Lovelace y el pensamiento computacional

No es casual que la cita se atribuya a Ada Lovelace, vinculada a los orígenes de la programación al reflexionar sobre la Máquina Analítica de Charles Babbage. En ese horizonte, pensar en “datos” conecta con una mentalidad computacional: ejecutar, observar salidas, detectar errores y depurar. Incluso hoy, depurar un programa es una conversación con el fallo: cada bug señala una condición no prevista. En esa misma línea, el “veredicto” sería un cierre definitivo; en cambio, los datos abren una continuidad. Lo que antes parecía final—un error—se transforma en el siguiente insumo de mejora.

Cómo diseñar fracasos útiles

Para que el fracaso sea verdaderamente dato, el experimento debe estar bien planteado: definir qué se quiere aprender, qué criterio indicará progreso y qué límite evitará daños innecesarios. Dicho de otro modo, no se trata de fallar por fallar, sino de crear pruebas con preguntas claras. Además, ayuda registrar resultados: qué se intentó, qué ocurrió, qué se asume ahora y cuál será el siguiente ajuste. Con ese hábito, la experiencia se vuelve acumulativa; cada tropiezo deja un mapa, y el mapa reduce la vacilación futura porque ya no se parte de cero.

Del perfeccionismo a la iteración

Finalmente, la frase actúa como antídoto contra el perfeccionismo, que suele exigir garantías imposibles antes de actuar. Al normalizar el error como parte del proceso, la identidad deja de depender de “tener razón” y pasa a apoyarse en “saber aprender”. Esa transición no solo mejora el desempeño, también protege la autoestima. Con el tiempo, esta práctica crea una relación distinta con la incertidumbre: en vez de un enemigo, es el terreno natural del descubrimiento. Y así, vacilar ya no significa estar detenido, sino estar a punto de formular el próximo experimento.