El cuidado persistente como base del terreno común

Construye un terreno común mediante actos persistentes y poco glamorosos de cuidado. — Angela Davis
Una definición concreta de lo compartido
Angela Davis propone que el “terreno común” no surge de grandes declaraciones ni de acuerdos perfectos, sino de una práctica cotidiana: cuidar. Con ello desplaza la idea de unidad desde lo abstracto hacia lo tangible, como si la convivencia se edificara ladrillo a ladrillo en tareas que rara vez reciben aplausos. Así, lo común deja de ser un eslogan y se vuelve un lugar habitable. A partir de esa premisa, la frase invita a preguntar no solo qué pensamos juntos, sino qué sostenemos juntos. En vez de esperar un momento heroico que nos reconcilie, Davis sugiere que la comunidad se construye en la repetición, donde el compromiso se prueba cuando nadie está mirando.
La política de lo “poco glamoroso”
Enseguida, la mención de lo “poco glamoroso” funciona como una crítica a la cultura que premia lo visible: el discurso contundente, el gesto viral, la victoria instantánea. Davis reivindica lo que suele considerarse menor—limpiar, escuchar, acompañar, cocinar, organizar turnos—porque ahí se sostiene la vida en común. Ese trabajo, precisamente por ser discreto, suele quedar relegado o feminizado, y por eso también es un campo de disputa. Al nombrarlo, la autora eleva esas acciones a categoría política. El cuidado no es solo una virtud privada; es una infraestructura social que, si falta, convierte cualquier pacto en una promesa vacía.
Persistencia: el puente entre intención y confianza
Luego aparece la palabra clave: “persistentes”. Cuidar una vez puede ser generosidad; cuidar de manera sostenida se transforma en confianza. La persistencia crea un ritmo común, una especie de continuidad que permite que personas distintas—con historias, heridas y prioridades distintas—sean capaces de apoyarse sin tener que renegociarlo todo cada día. En términos prácticos, esa persistencia se parece a mantener un compromiso cuando la emoción se apaga: responder mensajes difíciles, asistir a reuniones largas, sostener a quien se quiebra, volver a intentarlo tras un conflicto. Con el tiempo, esa repetición va consolidando un “nosotros” más robusto que cualquier consigna.
Del gesto individual a la red que sostiene
A continuación, la frase se entiende mejor si se observa cómo el cuidado escala: de lo personal a lo colectivo. Un acto pequeño—acompañar a alguien al médico, cubrir un turno, preparar comida para un vecino—parece aislado, pero encadena reciprocidades y reduce la vulnerabilidad compartida. Así, el terreno común no es un punto de llegada, sino una red de interdependencias que se expande. Este enfoque dialoga con la idea de “apoyo mutuo” descrita por Piotr Kropotkin en *Mutual Aid* (1902), donde la cooperación cotidiana aparece como fuerza real de cohesión social. Davis, en esa línea, sugiere que la comunidad se hace estable cuando el cuidado se organiza y se reparte.
Cuidado también es conflicto bien sostenido
Sin embargo, construir terreno común no significa evitar desacuerdos, sino aprender a atravesarlos sin abandonar el vínculo. El cuidado persistente incluye prácticas que mantienen la dignidad cuando hay tensión: escuchar sin humillar, reparar daños, poner límites claros, y sostener procesos lentos de cambio. De este modo, lo común no se basa en unanimidad, sino en la capacidad de permanecer presentes. Incluso en espacios de militancia, donde el agotamiento y la fragmentación son frecuentes, el cuidado opera como antídoto contra la lógica del descarte. Cuando se cuida, se vuelve posible disentir sin deshumanizar, y esa es una condición mínima para cualquier proyecto compartido.
Una ética practicable para el día a día
Finalmente, la frase deja una guía sencilla y exigente: si queremos comunidad, hay que invertir en lo que la mantiene viva. Eso puede traducirse en decisiones concretas—crear turnos de cuidado, distribuir tareas invisibles, sostener fondos solidarios, acompañar duelos, prevenir el burnout—que rara vez lucen épicas, pero cambian la textura de la convivencia. En última instancia, Davis sugiere que el terreno común se parece menos a un manifiesto y más a un hábito. Y como todo hábito colectivo, se forja con paciencia: actos pequeños, repetidos, que con el tiempo se convierten en el suelo firme sobre el que podemos pararnos juntos.