Sin embargo, construir terreno común no significa evitar desacuerdos, sino aprender a atravesarlos sin abandonar el vínculo. El cuidado persistente incluye prácticas que mantienen la dignidad cuando hay tensión: escuchar sin humillar, reparar daños, poner límites claros, y sostener procesos lentos de cambio. De este modo, lo común no se basa en unanimidad, sino en la capacidad de permanecer presentes.
Incluso en espacios de militancia, donde el agotamiento y la fragmentación son frecuentes, el cuidado opera como antídoto contra la lógica del descarte. Cuando se cuida, se vuelve posible disentir sin deshumanizar, y esa es una condición mínima para cualquier proyecto compartido. [...]