Vivir cada día con curiosidad y asombro
Vive cada día como si fuera el primero: despertando con un sentido de curiosidad, asombro y espíritu lúdico. — Suleika Jaouad
—¿Qué perdura después de esta línea?
El primer día como metáfora vital
Suleika Jaouad propone un cambio de marco: no se trata de negar el pasado ni de olvidar responsabilidades, sino de mirar el presente como si fuera estreno. “Como si fuera el primero” convierte lo cotidiano en territorio por explorar, y desplaza la inercia que suele traer la repetición. Así, el día deja de ser una lista automática de tareas y vuelve a ser una experiencia. A partir de esa metáfora, la invitación es práctica: empezar con una disposición interna específica—curiosidad, asombro y juego—que funciona como un “filtro” para interpretar lo que ocurre. El mismo trayecto, la misma conversación o el mismo trabajo cambian cuando uno llega con ojos de principiante.
Curiosidad: el motor de lo nuevo
En primer lugar, la curiosidad es la llave que abre preguntas donde antes había certezas. Preguntar “¿qué más hay aquí?” o “¿qué no estoy viendo?” desarma la rutina y crea pequeñas posibilidades de aprendizaje. En ese sentido, vivir como si fuera el primer día no exige grandes aventuras; exige atención activa. Además, la curiosidad suele ser el paso previo a la conexión: con una persona, un oficio o un lugar. Como recuerda Mary Oliver en su poema “Instructions for living a life” (publicado en varias antologías), la secuencia “Pay attention. Be astonished. Tell about it.” sugiere que el asombro nace de mirar de verdad, y la curiosidad es precisamente esa decisión de mirar.
Asombro: una disciplina de la atención
A continuación, el asombro no aparece solo en momentos extraordinarios; muchas veces es un resultado de entrenar la percepción. Al vivir “como si fuera el primero”, uno afina detalles: la luz a cierta hora, un gesto de amabilidad, una idea inesperada. Esto no idealiza la vida, pero sí la vuelve más nítida. Por lo mismo, el asombro actúa como antídoto contra el cinismo. No elimina el dolor ni los problemas, pero impide que lo difícil se lleve toda la narrativa. Incluso en días complejos, encontrar un punto de maravilla—mínimo, real—puede devolver proporción y energía para continuar.
Espíritu lúdico: permiso para experimentar
Luego aparece el espíritu lúdico, que no es inmadurez sino flexibilidad. Lo lúdico permite probar sin exigir perfección inmediata: cambiar el orden de una tarea, ensayar una idea, iniciar una conversación con humor. En vez de vivir bajo el mandato de “hacerlo bien”, se introduce la posibilidad de “ver qué pasa”. En la práctica, lo lúdico reduce el miedo al error, porque transforma el error en información. Esa actitud se parece al modo en que aprenden los niños: explorando, preguntando, repitiendo con variaciones. Y precisamente por eso, el juego puede ser profundamente serio: crea condiciones para la creatividad y la resiliencia.
Salir del piloto automático cotidiano
Con esos tres elementos juntos, la frase apunta a una ruptura con el piloto automático. La rutina suele ser eficiente, pero también puede adormecer: respondemos mensajes sin presencia, comemos sin notar, trabajamos sin significado. Vivir como si fuera el primer día reintroduce intención en lo que hacemos, aunque sea por instantes. Además, esta perspectiva ayuda a revisar hábitos sin culpa. Si hoy fuera el primer día, ¿qué elegiría con más cuidado? ¿Qué conversación postergada intentaría? El enfoque no exige una reinvención total; invita a microajustes repetidos que, acumulados, cambian el tono de la vida.
Una ética del comienzo, incluso en la adversidad
Finalmente, la idea de “despertar” sugiere un acto diario de recomenzar. Ese recomienzo tiene un matiz ético: decidir no endurecerse, mantener la capacidad de sorprenderse y seguir jugando con posibilidades, aun cuando el contexto sea incierto. En ese punto, la frase se vuelve especialmente poderosa porque no depende de que todo esté bien para funcionar. Así, vivir cada día como el primero no es una consigna ingenua, sino una práctica de presencia: curiosidad para abrir preguntas, asombro para ampliar la experiencia y juego para sostener la ligereza necesaria. En conjunto, estas actitudes convierten el día en un inicio, no en una repetición.
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