Escribir para apaciguar los demonios internos

Un escritor, creo, es alguien impulsado por demonios — escribir los detiene. — Naguib Mahfouz
—¿Qué perdura después de esta línea?
El impulso oscuro de la vocación
Al inicio, la frase de Naguib Mahfouz sugiere que la escritura no nace de la serenidad, sino de una presión interior: culpas, obsesiones y miedos que empujan desde la sombra. “Impulsado por demonios” no es solo metáfora de maldad, sino de energía incontrolable que exige forma. Al escribir, esas fuerzas se detienen porque encuentran cauce, nombre y límites; la página funciona como dique que ordena el torrente. Así, lo que atormenta se convierte en materia trabajable.
Del daimon griego a los demonios modernos
A renglón seguido, conviene recordar que el “daimon” de la Antigüedad no era maligno, sino un impulso guía. En la Apología, Platón muestra el “daimonion” de Sócrates como voz interior que aconseja (c. 399 a. C.). Siglos después, Dostoievski tituló “Los demonios” (1872) a las fuerzas ideológicas que desgarran a Rusia, figurando pasiones colectivas que invaden al individuo. Y Rilke, en Cartas a un joven poeta (1903), propone la prueba radical: escriba solo si, negado a escribir, moriría. La línea es clara: ese empuje oscuro no es capricho, es necesidad.
Catarsis y ciencia de la escritura expresiva
Asimismo, la psicología robustece la intuición de Mahfouz. Los estudios de James W. Pennebaker sobre escritura expresiva (1986; 1997) mostraron mejoras inmunológicas y menos visitas médicas cuando las personas narran emociones difíciles. Al convertir lo difuso en relato, el cerebro reduce rumiaciones y genera coherencia temporal. Jerome Bruner (Actual Minds, Possible Worlds, 1986) explica que narrar es organizar el caos en trama significativa. De ahí que “escribir los detiene”: no elimina los demonios, pero los transforma en lenguaje que se puede sostener.
Mahfouz: orden en el tumulto de El Cairo
Por otra parte, la vida del propio Mahfouz ilustra el punto. Funcionario meticuloso y novelista infatigable, escribió con rutina férrea mientras observaba la ciudad que lo formó. En la Trilogía de El Cairo (1956–1957) y en Hijos de nuestro barrio (1959), prohibida por décadas, tradujo tensiones religiosas, sociales y políticas en arquitectura narrativa. Tras el atentado que casi lo mata en 1994, persistió, escribiendo en cafés cuando la mano lo permitió. Su obra muestra cómo la página puede contener el miedo y darle sentido.
La rutina como exorcismo laico
De ahí que muchos autores conviertan la disciplina en ritual de contención. Mahfouz trabajaba a horas fijas; Haruki Murakami describe jornadas matinales de 4–6 horas y rigor físico como sostén mental (What I Talk About…, 2007); Toni Morrison escribía de madrugada para encontrar silencio. Estos hábitos son un exorcismo laico: crean perímetros temporales donde las fuerzas internas pueden aparecer sin destruirlo todo. Al cerrarse el cuaderno, los demonios quedan, por un tiempo, en su recinto.
Contra el mito del artista torturado
Sin embargo, no conviene romantizar el sufrimiento. La investigación sobre creatividad y salud mental (v. gr., Kay Redfield Jamison, Touched with Fire, 1993) muestra vínculos complejos, no una ecuación necesaria. La buena obra surge también de la curiosidad, el juego y la atención sostenida. Reconocer los “demonios” como impulso no obliga a alimentarlos: pedir ayuda, poner límites y cuidar el cuerpo no traiciona el arte; lo hace posible y más duradero.
Del tormento privado a la conversación pública
Finalmente, cuando el escritor ordena su oscuridad, la comparte y la vuelve espejo. El lector, al reconocerse, participa en el mismo apaciguamiento: la experiencia ya no es soledad sino puente. En ese tránsito, se forma una comunidad imaginada de sensibilidad compartida (Benedict Anderson, 1983), donde las historias nos permiten metabolizar lo que nos excede. Así, escribir no solo detiene a los demonios del autor; también enseña a los demás a negociar con los suyos.
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