La terquedad luminosa de aceptar el gozo

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Debemos correr el riesgo del gozo. Debemos tener la terquedad de aceptar nuestra alegría. — Jack Gil
Debemos correr el riesgo del gozo. Debemos tener la terquedad de aceptar nuestra alegría. — Jack Gilbert

Debemos correr el riesgo del gozo. Debemos tener la terquedad de aceptar nuestra alegría. — Jack Gilbert

¿Qué perdura después de esta línea?

El llamado de Gilbert

Para empezar, la frase de Jack Gilbert afirma un doble imperativo: arriesgar el gozo y sostenerlo con terquedad. Procede de su poema A Brief for the Defense, incluido en Refusing Heaven (2005), donde defiende la alegría incluso ante el sufrimiento del mundo. No se trata de frivolidad, sugiere, sino de una disciplina moral. Al decir que debemos aceptar nuestra alegría, Gilbert convierte el gozo en acto deliberado y no meramente en accidente emocional. Así, la alegría adquiere la densidad de una postura ética. Aceptarla no es cerrar los ojos al dolor, sino insistir en lo que nos hace humanos cuando la realidad empuja hacia el cinismo. Desde aquí, el riesgo aparece: abrirse al gozo expone a la pérdida, pero también ensancha el horizonte de sentido.

Alegría como resistencia

Desde ahí, la alegría puede leerse como forma de resistencia ante lo absurdo y la crueldad. Camus, en El mito de Sísifo (1942), propone imaginar a Sísifo feliz: una rebelión íntima que no niega la roca, pero rehúsa ceder el alma. En un registro distinto, Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (1946) narra cómo, incluso en el campo, vislumbres de belleza y pequeños ejercicios de humor sostenían la dignidad interior. Estas escenas no romantizan el dolor: lo encaran, pero insisten en rescatar chispas de vida donde parece no haberlas. En esa misma clave, Gilbert invita a no concederle al sufrimiento la última palabra. La alegría, entonces, no borra la herida; la bordea, la ilumina y permite seguir caminando.

Lo que muestra la psicología

A continuación, la investigación respalda ese empeño. Barbara Fredrickson, con su teoría ampliar-y-construir (American Psychologist, 2001), muestra que las emociones positivas ensanchan la atención y construyen recursos cognitivos y sociales a largo plazo. No son un lujo: abren caminos de acción y resiliencia. Complementariamente, los estudios de Robert Emmons y Michael McCullough (JPSP, 2003) indican que practicar la gratitud incrementa bienestar y reduce síntomas depresivos. De este modo, el gozo no es simplemente sentimiento placentero, sino músculo que, ejercitado, fortalece vínculos, creatividad y afrontamiento. En términos de Gilbert, arriesgarlo implica exponerse a la vulnerabilidad; sin embargo, los datos sugieren que dicha exposición paga dividendos psíquicos y comunitarios sostenidos.

La práctica de la terquedad

Además, la terquedad de la alegría se cultiva en lo cotidiano. Ross Gay, en The Book of Delights (2019), convierte en ritual la atención: cada día registra un hallazgo diminuto y lo defiende frente a la distracción. En una vena afín, Mary Oliver aconseja: presta atención, sorpréndete, cuéntalo (Evidence, 2009). Ambas propuestas son metodologías de la mirada: el gozo como ejercicio observacional y narrativo. En la práctica, esto significa instituir micro-hábitos: paseos sin pantalla, un cuaderno de gratitud, celebrar logros modestos en comunidad, proteger la curiosidad y limitar el doomscrolling. Así, la alegría deja de ser meteoro esporádico para volverse clima habitable. Persistir en ese clima, insiste Gilbert, es un acto de voluntad tanto como de sensibilidad.

Vulnerabilidad, riesgo y poder

Con todo, aceptar el gozo implica exponerse. Brené Brown describe la anticipación catastrófica como ensayo del dolor que sabotea la alegría (Daring Greatly, 2012): cuando algo bueno ocurre, imaginamos su pérdida para no sufrir, y perdemos doble. Su propuesta es practicar gratitud y presencia precisamente cuando emerja el temor. Por otra parte, Audre Lorde, en Uses of the Erotic (1978), entiende el placer y la alegría profunda como fuentes de poder y criterio de integridad. Estas perspectivas afinan a Gilbert: el riesgo no es ingenuidad, es coraje informado. Aceptar nuestra alegría no cancela el duelo ni la justicia; más bien brinda energía y claridad para sostener ambas tareas sin deshumanizarnos.

Un sí a la vida

Por último, la terquedad alegre converge con el amor fati de Nietzsche en La gaya ciencia (1882): asentir al mundo, no por ceguera, sino por afirmación creadora. Decir sí al gozo es decir sí a la responsabilidad de cuidarlo y compartirlo. Cuando lo hacemos en plural —fiestas de barrio, arte comunitario, redes de cuidado—, el riesgo se reparte y la esperanza se vuelve práctica. Así, la invitación de Gilbert es un pacto: no negaremos la dureza del tiempo, pero tampoco entregaremos la alegría. Arriesgarla es la condición para que exista; aceptarla, la constancia que la vuelve transformadora.

Un minuto de reflexión

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