Protestar siempre, incluso ante la injusticia inevitable
Creado el: 27 de agosto de 2025

Puede que haya momentos en los que seamos incapaces de impedir la injusticia, pero no debe haber jamás un momento en que dejemos de protestar. — Elie Wiesel
El deber de la protesta moral
Para empezar, Wiesel condensa una obligación que no depende del resultado sino del carácter: aun cuando no podamos frenar la injusticia, nuestra voz debe permanecer. Protestar sostiene la dignidad propia y la de las víctimas, porque nombra el agravio y niega su normalización. En la tradición de Pirkei Avot 2:16, 'no estás obligado a terminar la obra, pero tampoco eres libre de desistir', la protesta es fidelidad al bien en circunstancias adversas. Así, el imperativo no busca consuelo retórico, sino impedir que la conciencia se oxide. Desde este punto de partida, la memoria y el testimonio se vuelven las primeras formas de resistencia.
Memoria y testimonio tras el Holocausto
A continuación, el propio Wiesel encarna esa ética: su obra 'La noche' (1956) narra el horror para que el silencio no sea cómplice. Ya en su discurso Nobel 'Esperanza, desesperación y memoria' (1986), insistió en que el olvido favorece al verdugo. Protestar, entonces, comienza por contar: registrar nombres, fechas y heridas para que la realidad negada recupere su peso. Ese gesto, aunque parezca pequeño, crea comunidad moral alrededor de las víctimas y desautoriza la indiferencia. Desde allí, la protesta pasa de la página a la plaza.
El desacuerdo como herramienta cívica
Siguiendo ese hilo, la protesta pública organiza el disenso y altera agendas. Martin Luther King Jr., en la 'Carta desde la cárcel de Birmingham' (1963), explicó que la acción no violenta 'crea una tensión' que obliga a negociar lo que se elude. De modo semejante, las Madres de Plaza de Mayo (desde 1977) transformaron el duelo en una coreografía semanal de memoria que desbarató la mentira oficial. Incluso cuando el poder no cede de inmediato, la constancia vuelve costoso el abuso y educa al público. Esta pedagogía del desacuerdo necesita también comprender los frenos psicológicos que nos silencian.
La psicología del espectador y el silencio
Asimismo, la ciencia social mostró por qué callamos. Latané y Darley (1968) describieron el 'efecto espectador': a más testigos, menor responsabilidad percibida. Hannah Arendt, en 'Eichmann en Jerusalén' (1963), llamó 'banalidad del mal' a la obediencia sin pensamiento que lubrica la maquinaria injusta. Protestar interrumpe ambas inercias porque redistribuye la carga moral: alguien toma la primera palabra y reduce la coartada del resto. Entonces, el reto es convertir la indignación privada en acción visible y coordinada.
Formas eficaces de protestar hoy
De ahí que la protesta sea un ecosistema, no solo una consigna. Documentación rigurosa, periodismo de datos, litigio estratégico, sindicatos, boicots y arte público se potencian entre sí. La sentencia de la Corte Interamericana en 'Campo Algodonero' (2009) muestra cómo la evidencia y la perseverancia pueden forzar cambios institucionales. En el plano cotidiano, cartas bien fundamentadas, auditorías ciudadanas y campañas digitales con seguridad y cuidado del bienestar evitan la fatiga y amplifican voces marginadas. Cuando las tácticas se combinan y miden su impacto, incluso pequeñas victorias sostienen el ánimo colectivo y abren espacio a reformas más profundas.
Perseverancia y límites éticos de la resistencia
Por último, protestar siempre no significa protestar de cualquier modo. La ética de medios y fines importa: proteger a las víctimas, rechazar la deshumanización y cuidar a quienes resisten. Wiesel advirtió en 'The Perils of Indifference' (1999) que la tentación de mirar a otro lado persiste incluso en tiempos de paz; la cura es una atención activa y paciente. Habrá reveses y cansancio, pero sostener la protesta mantiene abierta la posibilidad de justicia. Así, aun cuando no podamos impedirla hoy, nos negamos a convivir con la injusticia como si fuera normal mañana.