Crear sistemas propios o vivir bajo ajenos

Debo crear un sistema o ser esclavizado por el de otro. — William Blake
El imperativo de la autonomía
La sentencia de Blake plantea una disyuntiva radical: o diseñamos el marco que guía nuestras decisiones, o nos sometemos al de otros. No se trata solo de originalidad creativa, sino de soberanía práctica sobre tiempo, valores y criterios. Kant ya había insinuado este llamado en ¿Qué es la Ilustración? (1784) con su “atrévete a saber”, mientras Weber advirtió sobre la “jaula de hierro” de los sistemas racionalizados (1905). Crear un sistema propio es, así, una defensa frente a estructuras que uniforman la vida. A partir de esta base, conviene mirar el contexto del propio Blake: su apuesta no fue una metáfora aislada, sino una estrategia vital ante un mundo que comenzaba a estandarizar cuerpos, oficios e imaginarios.
Blake y su época
En plena Revolución Industrial, Blake rehusó el molde de la fábrica y forjó un universo mítico propio en Jerusalem (1804–1820) y The Marriage of Heaven and Hell (1790–93). Grabador y poeta, compuso no solo versos, sino un sistema simbólico con dioses, arquetipos y leyes internas, alternativa a la maquinaria naciente. Su gesto estético fue también político: si el mundo te impone un mapa, crea uno que permita habitar tu experiencia. Esta sospecha hacia las totalizaciones enlaza con una crítica más amplia de los poderes que nos capturan sin violencia visible, preparando el terreno para comprender cómo los sistemas sociales moldean conductas.
Sistemas que moldean la vida
Las instituciones —iglesias, mercados, escuelas, plataformas— normalizan prácticas y deseos. Foucault mostró cómo la vigilancia difusa disciplina cuerpos y mentes en Vigilar y castigar (1975), retomando el panóptico de Bentham; y Marx ya había descrito la alienación en los engranajes productivos. Incluso la racionalidad moderna, advierte Weber, puede cerrar posibilidades en nombre de la eficiencia. Hoy estas lógicas se intensifican: contratos, métricas y dashboards convierten la existencia en indicadores. Por eso, transitar del diagnóstico a la acción exige traducir el principio de Blake al mundo digital, donde el “sistema de otro” a menudo viene empaquetado como conveniencia.
Tecnología y soberanía digital
Los algoritmos curan lo que vemos y piensan por nosotros si no diseñamos defensas: controles de atención, protocolos abiertos y portabilidad de datos. El GNU Manifesto (1985) defendió el software libre como antídoto a la dependencia; más tarde, el RGPD europeo (2018) dio respaldo legal a la autodeterminación informativa. Iniciativas como IndieWeb y SOLID de Berners-Lee proponen que el usuario posea su identidad y su nube. En consecuencia, crear un “sistema propio” puede significar autohospedar, federar servicios (ActivityPub) o, al menos, establecer reglas personales de uso y archivo. Este mismo principio se extiende, con igual urgencia, al modo en que aprendemos.
Educación: currículos vs aprendizaje autodirigido
Cuando el currículo dicta todo, nuestra curiosidad trabaja para el sistema de otro. Montessori mostró el poder de entornos preparados que habilitan la autonomía (c. 1907), mientras Freire denunció la educación “bancaria” en Pedagogía del oprimido (1968). Diseñar un sistema de aprendizaje propio implica mapas de preguntas, proyectos y ciclos de revisión que convierten el conocimiento en práctica. Ahora bien, la autonomía no es aislamiento: los mejores sistemas personales dialogan con comunidades que corrigen sesgos y amplían horizontes, abriendo paso a una cooperación sin tutela.
Autonomía sin aislamiento
Elinor Ostrom mostró que las comunidades pueden gobernar bienes comunes sin Leviatán ni mercado total (Governing the Commons, 1990). Ese hallazgo sugiere una vía intermedia: sistemas personales que se acoplan a redes cooperativas. De ahí el interés por federaciones como Mastodon o cooperativas de plataforma, donde la gobernanza se distribuye. Así, el sistema propio adquiere membranas: límites porosos que permiten intercambios sin ceder soberanía. El siguiente paso es operacionalizarlo en hábitos, herramientas y criterios que resistan la presión del día a día.
Prácticas para construir tu sistema
Empieza por principios explícitos (propósito, umbrales de calidad, no negociables) y tradúcelos en rituales: revisiones semanales, bloques de atención, listas de decisión. Para pensar, un Zettelkasten al estilo de Luhmann (años 1980) convierte lecturas en redes de ideas reutilizables. Para trabajar, define circuitos: entrada única, procesamiento por lotes, archivo con metadatos y métricas propias. Introduce redundancias y salidas de emergencia —lo “degrada con gracia”— para que el sistema no te esclavice a ti. Entonces, como quería Blake, no vivirás en la lógica de otro: habrás construido una casa donde tu vida pueda caber.