Encender el sentido con pequeñas chispas internas

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Confía en las pequeñas chispas que hay en ti; encenderán el sentido. — William Blake

La metáfora de la chispa interior

Blake nos invita a imaginar nuestras intuiciones, ideas y deseos como pequeñas chispas que duermen en el interior. A primera vista parecen insignificantes, casi incapaces de iluminar nada, pero precisamente en su humildad reside su poder. Así como una hoguera comienza con una brasa mínima, el sentido profundo de la vida puede nacer de pensamientos tenues, curiosidades discretas o corazonadas que apenas nos atrevemos a nombrar. Al hablar de chispas, Blake sugiere algo vivo, dinámico y en potencia, recordándonos que el significado no llega desde fuera como un foco deslumbrante, sino que se prende poco a poco desde adentro.

Confianza frente a la duda y la inseguridad

Ahora bien, si las chispas ya habitan en nosotros, el problema no es su ausencia sino nuestra falta de confianza. La duda actúa como un cubo de agua que apaga el fuego antes de nacer: “no es suficiente”, “no tiene valor”, “nadie lo entenderá”. Frente a esta voz interior crítica, la invitación de Blake es casi un acto de rebeldía: creer en lo pequeño, en lo incipiente, en lo que aún no está demostrando resultados. De manera similar, en los diarios de Kierkegaard (s. XIX) aparece la idea de “dar un salto de fe” hacia lo que uno mismo siente verdadero, aun cuando el entorno o la razón calculadora no lo avalen por completo.

Del destello interior al sentido de la vida

Blake no dice que las chispas traerán éxito, fama o reconocimiento, sino que “encenderán el sentido”. Esto desplaza el foco de lo externo a lo interno: más que logros medibles, lo que se ilumina es la comprensión de quiénes somos y para qué vivimos. Igual que en la filosofía existencial de Viktor Frankl (*El hombre en busca de sentido*, 1946), el significado surge cuando alineamos nuestros actos con aquello que resuena en lo más hondo. Esas pequeñas chispas pueden ser un interés persistente, una sensibilidad particular o una injusticia que nos indigna; al seguirlas, vamos dibujando un camino que, visto con perspectiva, revela una coherencia vital.

Creatividad y visión según William Blake

Para entender mejor la frase, conviene recordar quién fue Blake: poeta, grabador y visionario del siglo XVIII, muchas veces incomprendido en su época. Sus visiones y símbolos parecían a otros meras excentricidades, pero él insistía en tomarlos en serio. Obras como *Songs of Innocence and of Experience* (1789–1794) brotan de esa chispa creadora que se negó a sofocar. Así, su exhortación a confiar en las pequeñas chispas no es teórica, sino autobiográfica: Blake vivió fiel a su imaginación, incluso cuando el reconocimiento social era escaso. Su ejemplo muestra cómo una sensibilidad aparentemente marginal puede, con el tiempo, iluminar a generaciones enteras.

Cultivar y proteger las chispas cotidianas

Para que esas chispas enciendan algo, no basta con reconocerlas; hay que alimentarlas. Esto implica reservar tiempo para lo que nos despierta curiosidad, registrar ideas en un cuaderno, conversar con personas afines o exponerse a lecturas y experiencias que aviven ese fuego interno. A la vez, es necesario protegerlas de los “apagafuegos” habituales: el perfeccionismo, la comparación constante o el miedo al ridículo. Del mismo modo que un buen artesano cuida de sus herramientas, nosotros podemos aprender a cuidar de nuestras chispas iniciales, aceptando que al principio serán frágiles y titubeantes, pero confiando en que, con paciencia, acabarán dando calor y claridad.

Una invitación práctica a escuchar la intuición

Finalmente, la frase de Blake funciona como una consigna práctica: presta atención a aquello que te hace sentir vivo, aunque parezca pequeño o poco rentable. Tal vez sea una afición que no encaja con tu profesión, una causa que te conmueve o un modo particular de mirar el mundo. Si, en lugar de descartarlo, lo sigues con curiosidad y constancia, esa chispa puede convertirse en una llama que oriente decisiones, relaciones y proyectos. Así, el “sentido” deja de ser una abstracción lejana y se vuelve un fuego concreto que, encendido desde dentro, ilumina el propio camino y, en ocasiones, también el de los demás.