La ciencia como patrimonio común de la humanidad

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La ciencia no tiene patria, porque el conocimiento pertenece a la humanidad. — Louis Pasteur
La ciencia no tiene patria, porque el conocimiento pertenece a la humanidad. — Louis Pasteur

La ciencia no tiene patria, porque el conocimiento pertenece a la humanidad. — Louis Pasteur

Del patriotismo al patrimonio común

Pasteur pronunció su sentencia en un contexto de tensiones nacionales que él mismo vivió de cerca. Durante la guerra franco-prusiana (1870), devolvió su doctorado honoris causa a la Universidad de Bonn en protesta, gesto que evidenció su patriotismo. Sin embargo, en discursos posteriores—recogidos en archivos del Institut Pasteur—afirmó con igual convicción que la ciencia no tiene patria, porque su fruto es herencia de todos. Así, su biografía ilustra un punto crucial: se puede amar a la propia nación sin encerrar el conocimiento tras fronteras. Este equilibrio nos conduce a las reglas internas que mantienen a la ciencia como un bien compartido.

Normas que universalizan el saber

Las pautas de la comunidad científica refuerzan la intuición de Pasteur. Robert K. Merton, en The Normative Structure of Science (1942), describió cuatro normas: universalismo (valorar ideas por su mérito, no por su origen), comunalismo (los hallazgos pertenecen a la comunidad), desinterés y escepticismo organizado. Estas reglas promueven el tránsito del conocimiento más allá de fronteras políticas. De esta base normativa surge la práctica colaborativa contemporánea, que se expresa con especial claridad en grandes empresas internacionales.

Lecciones de colaboración transfronteriza

La historia ofrece ejemplos que encarnan la frase de Pasteur. El Año Geofísico Internacional (1957–58) coordinó a 67 países y abrió la era satelital, demostrando que la Tierra se estudia mejor como sistema común. Más tarde, el Proyecto Genoma Humano (1990–2003) adoptó los Principios de Bermuda (1996), que exigían liberar secuencias en 24 horas, creando un bien público de datos. Incluso trayectorias personales—como la de Marie Curie, científica polaco-francesa—muestran cómo ideas y talento migran y fructifican en redes internacionales. Naturalmente, estas colaboraciones adquieren su mayor urgencia cuando lo que está en juego es la salud de todos.

Salud global: pruebas de su alcance

La erradicación de la viruela (declarada por la OMS en 1980) fue un triunfo de ciencia compartida, logística coordinada y confianza pública. Décadas después, el genoma del SARS-CoV-2 fue divulgado a inicios de enero de 2020 a través de GISAID, lo que permitió el diseño casi inmediato de vacunas de ARNm sustentadas en investigaciones previas de Katalin Karikó y Drew Weissman. Incluso técnicas nacidas del laboratorio de Pasteur—como la pasteurización—se universalizaron sin pasaporte. Estas victorias evidencian que la circulación abierta del conocimiento salva vidas, preparando el terreno para políticas que institucionalicen esa apertura.

Abrir el acceso para cumplir la promesa

La Recomendación de la UNESCO sobre Ciencia Abierta (2021) insta a compartir datos, códigos y resultados con equidad. A la vez, iniciativas como Plan S (2018) buscan que la investigación financiada con fondos públicos sea de acceso abierto; repositorios como arXiv (1991) y licencias Creative Commons aceleran esa visión. No obstante, la apertura debe ser inclusiva: publicar en múltiples idiomas, reducir tasas de procesamiento y respaldar infraestructura en el Sur Global evita que el bien común se concentre en pocos. Esta agenda, aunque ambiciosa, enfrenta tensiones reales que conviene reconocer.

Tensiones, límites y responsabilidades compartidas

La geopolítica, los riesgos de doble uso y la protección de recursos generan fricciones. El caso Lysenko en la URSS mostró cómo el nacionalismo ideológico puede desviar la ciencia; en sentido distinto, marcos como el Protocolo de Nagoya (2010) buscan un reparto justo de beneficios derivados de recursos genéticos. La respuesta no es cerrar el conocimiento, sino diseñar salvaguardas, evaluaciones éticas y acuerdos de beneficio compartido que sostengan la apertura responsable. En suma, honrar a Pasteur hoy implica custodiar la ciencia como un bien común: abierta por principio, segura por diseño y justa en sus frutos.