Sentido en la labor, más allá de la ambición

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Dale a tu labor alas de sentido, y te llevará más lejos que la sola ambición. — Khalil Gibran
Dale a tu labor alas de sentido, y te llevará más lejos que la sola ambición. — Khalil Gibran

Dale a tu labor alas de sentido, y te llevará más lejos que la sola ambición. — Khalil Gibran

Ambición frente a sentido

Para comenzar, la sentencia de Gibran traza una diferencia crucial: la ambición busca subir peldaños; el sentido pregunta por qué subirlos. La ambición no es enemiga—provee energía y enfoque—pero, en soledad, puede volverse frágil: depende de comparaciones, recompensas externas y validación ajena. En cambio, dotar a la labor de sentido ancla el esfuerzo en valores, servicio y contribución, sostenes menos volátiles. Así, cuando los resultados tardan o el reconocimiento no llega, el sentido actúa como brújula y combustible. No niega metas ambiciosas; las ordena. De este modo, el trabajo deja de ser únicamente una carrera de velocidad y se convierte en un viaje con dirección, capaz de sostener constancia y creatividad incluso en la incertidumbre.

La voz de Gibran

A continuación, conviene volver a su obra. En El Profeta (1923), Gibran escribe: “El trabajo es el amor hecho visible”. Al pedir que demos “alas de sentido” a la labor, nos invita a que el hacer exprese lo que amamos y cuidamos. La imagen de las alas no es decorativa: alude a elevación y recorrido, a un movimiento que trasciende la inmediatez. Cuando el trabajo encarna afecto—por una comunidad, una idea o una causa—el esfuerzo deja de ser sólo intercambio de tiempo por recompensa. Se vuelve testimonio. Y ese testimonio, como sugiere Gibran, nos lleva “más lejos” porque integra emoción, propósito y excelencia en un mismo gesto.

Psicología de la motivación

Asimismo, la investigación respalda esta intuición. La Teoría de la Autodeterminación (Deci y Ryan, 2000) muestra que la motivación intrínseca florece cuando se satisfacen tres necesidades: autonomía, competencia y vínculo. El sentido potencia las tres: orienta decisiones (autonomía), convierte el aprendizaje en misión (competencia) y conecta la tarea con otros (vínculo). Mientras la ambición apela a incentivos externos, el sentido enciende una llama interna más resistente al desgaste. Por ello, quienes encuentran un porqué en lo que hacen suelen experimentar más vitalidad, menor agotamiento y una perseverancia menos dependiente de bonificaciones o aplausos.

Evidencia en contextos laborales

De modo coherente con lo anterior, Teresa Amabile y Steven Kramer mostraron en The Progress Principle (2011) que “pequeños avances en trabajo significativo” son el principal motor del ánimo diario, por encima de recompensas extrínsecas. Asimismo, Amy Wrzesniewski y Jane Dutton (2001) documentaron el “job crafting”: redefinir tareas y relaciones para conectar la labor con un propósito mayor. En su estudio con personal hospitalario, quienes veían su rol como “cuidar a los pacientes”, no sólo “limpiar habitaciones”, reportaron mayor satisfacción y desempeño. En síntesis, cuando las metas se enlazan con significado, la excelencia deja de ser una presión externa y se transforma en consecuencia natural del compromiso.

Sentido como fuente de resiliencia

Por otra parte, el sentido no solo impulsa: sostiene. Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido (1946), observó que “quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo” (citando a Nietzsche). Su logoterapia muestra que un propósito claro amortigua la adversidad, reencuadra el sufrimiento y canaliza la energía hacia la contribución. Incluso a largo plazo, esta orientación mejora la constancia: metas significativas resisten los ciclos de moda y la fatiga del logro, porque no dependen del brillo del resultado sino del valor intrínseco del camino.

Cómo dar alas a tu labor

Finalmente, pasar de la ambición al sentido exige práctica. Comienza articulando tu porqué en una frase operativa: a quién sirves y qué problema alivias. Luego, alinea tareas con impacto: vincula cada proyecto con un beneficio concreto para personas reales. Practica el “job crafting”: negocia márgenes de autonomía, diseña rituales de aprendizaje y construye relaciones que reflejen tu propósito. Además, mide progreso con indicadores de contribución (vidas mejoradas, errores evitados, aprendizajes transferidos) junto a los de rendimiento. Cuenta historias breves que recuerden el valor del trabajo, como recomienda The Progress Principle (2011). Así, la ambición se convierte en instrumento y el sentido en norte: la combinación que, como intuyó Gibran, te lleva más lejos.