Transformar lo común en asombro cotidiano y duradero

Crea belleza de lo ordinario y lo ordinario se volverá extraordinario. — Alice Walker
La invitación de Walker
La frase de Alice Walker propone un giro de mirada: no se trata de esperar hechos excepcionales, sino de activar una sensibilidad capaz de revelar la gracia escondida en lo cercano. Crear belleza, entonces, no añade algo artificial; más bien despeja el polvo de la costumbre para que lo cotidiano recupere su fulgor. Así, lo extraordinario deja de ser raro y se vuelve una cualidad disponible para quien aprende a observar con cuidado y a cuidar lo que observa.
Raíces estéticas de lo cotidiano
Desde esa premisa, distintas tradiciones han legitimado el valor de lo común. El wabi-sabi japonés aprecia lo imperfecto y lo transitorio: la ceremonia del té de Sen no Rikyū (s. XVI) y el kintsugi, que repara con oro, muestran cómo la marca del uso puede convertirse en belleza. En otra latitud, los readymades de Marcel Duchamp, como Fountain (1917), probaron que el contexto y la atención crítica transforman un objeto trivial en arte. Estas corrientes coinciden con Walker: la belleza surge cuando cambiamos la relación con lo que ya está ahí.
Walker en la página
En sintonía, la propia obra de Walker dramatiza esta conversión. El color púrpura (1982) convierte cartas íntimas y trabajos domésticos en revelaciones de dignidad, mientras In Search of Our Mothers’ Gardens (1983) reivindica la creatividad silenciosa de las mujeres negras en jardines, colchas y rituales cotidianos. Como sugiere ese ensayo, la belleza no es un lujo sino un método de supervivencia: al nombrar y cuidar lo ordinario, la vida herida encuentra maneras de florecer.
Atención, deleite y asombro
Ahora bien, la ciencia valida esta intuición estética. La psicóloga Ellen Langer ha mostrado que el noticing —prestar atención activa a lo nuevo en lo conocido— dispara creatividad y presencia. A su vez, Fred B. Bryant y Joseph Veroff, en Savoring (2007), describen cómo saborear experiencias comunes aumenta el bienestar. Más recientemente, Dacher Keltner, en Awe (2023), documenta que el asombro cotidiano reduce el ensimismamiento y favorece la conexión social. Así, la práctica de mirar con finura convierte lo rutinario en un manantial de sentido compartido.
Imágenes que rescatan lo cotidiano
A esa evidencia se suman ejemplos visuales elocuentes. La fotografía callejera de Vivian Maier (1950–1970) dignifica escenas urbanas mínimas —un reflejo en un charco, una sombra que sorprende— y nos enseña a ver lo que pasaba desapercibido. Georgia O’Keeffe, al ampliar flores en los años veinte, reveló universos en un pétalo. Y Antonio López García, con sus interiores y bodegones, muestra que una nevera abierta o un fregadero pueden contener una verdad luminosa. En todos los casos, el tema es humilde; el milagro, la mirada.
Prácticas para transformar lo común
Con estas referencias, la consigna de Walker se vuelve método diario: caminar el mismo trayecto buscando tres matices de luz distintos; escribir un párrafo que nombre texturas y olores de la cocina; encuadrar con el móvil un objeto y encontrarle cinco composiciones; reparar algo con esmero visible, como un kintsugi doméstico; agradecer por escrito un gesto mínimo. A través de rituales así, la atención se afina, el afecto se cultiva y la belleza deja de ser evento para convertirse en hábito.
De lo personal a lo colectivo
Por último, elevar lo ordinario tiene un alcance ético. Nombrar la belleza en trabajos invisibles —cuidados, limpieza, alimentación— combate la desvalorización social. bell hooks, en All About Love (2000), sostiene que el amor se prueba en actos concretos de cuidado; John Berger, en Ways of Seeing (1972), recuerda que ver es un acto político. Cuando una comunidad aprende a ver y a celebrar lo que la sostiene, lo extraordinario ya no es excepción: es la forma diaria de la justicia y la gratitud.