Para empezar, la exhortación de Gaiman nos invita a crear sin tener delante un rostro familiar. “Cantar” a los desconocidos no es complacer tendencias, sino entonar una verdad propia con la esperanza de que resuene en alguien que aún no ha llegado. En esa apuesta hay humildad y confianza: la obra no controla a su público, pero sí le tiende una melodía nítida. Así, el artista se libera del cálculo inmediato y se orienta por una brújula más honda: decir algo que valga la pena incluso si el oyente todavía no existe en nuestra órbita. [...]