Llamemos intersticios a huecos temporales, espaciales y simbólicos en los que la confrontación se relaja: turnos nocturnos con menor actividad, corredores logísticos que nadie quiere destruir, rituales comunitarios que imponen silencios, o la simple fatiga operativa que describe Clausewitz como fricción (De la guerra, 1832). Estos vacíos no son ausencia; son contextos con reglas y costos específicos, menos propicios a la escalada y más sensibles a incentivos de cooperación.
Aprovecharlos exige sensibilidad de diseño: no forzar acuerdos grandilocuentes, sino insertar pequeñas prácticas que ganen tracción donde el conflicto pierde fuerza. Así, de la pausa nace el prototipo, y del prototipo, una rutina compartida. El siguiente paso es convertir esos experimentos en arquitectura social que sobreviva al día a día. [...]