Desde el primer trazo, la sentencia de Gibran propone una coreografía entre recogimiento y expresión: primero escuchar para apuntar, después hablar para soltar. La imagen del arco es coherente con su propia obra; en El profeta (1923), en la sección Sobre el hablar, sugiere que uno habla cuando deja de estar en paz con sus pensamientos. Ese desasosiego sólo es fecundo si ha sido cribado por el silencio.
Así, el silencio no es ausencia, sino taller de puntería. En él calibramos intención, dirección y fuerza. Y cuando la cuerda por fin se suelta, la voz ya no vaga: atraviesa con sentido. [...]