Si escapar aumenta el dolor, el giro consiste en acercarse de manera segura y gradual: nombrar lo que se siente, ubicarlo en el cuerpo, reconocer la necesidad que lo acompaña. En vez de “¿cómo lo apago?”, la pregunta cambia a “¿qué está pidiendo esto?”. Esa curiosidad reduce la lucha interna.
No implica complacerse en el sufrimiento, sino permitirlo el tiempo suficiente para que se metabolice. Muchas personas descubren que, al dar espacio a la emoción—quizá con respiración, escritura o conversación—baja la intensidad y aparece información útil: límites que faltan, pérdidas no lloradas o necesidades no atendidas. [...]