Siglos después, los pinceles ampliaron esa apuesta. Goya, en Los desastres de la guerra (1810–1815), desborda el registro documental: sus estampas concentran la crueldad en gestos y encuadres que hacen ver lo que la mirada cotidiana rehúye. Del mismo modo, Guernica de Picasso (1937) sacrifica la anatomía realista para articular el grito colectivo del bombardeo.
A la vez, Van Gogh en La noche estrellada (1889) transforma el cielo en remolinos de agitación interior. En todos los casos, la desviación de la apariencia no es capricho; es precisión expresiva al servicio de un sentido más hondo. [...]