En la región, la esperanza fértil siempre estuvo ligada a la praxis. Paulo Freire, en Pedagogía del oprimido (1968), define la esperanza como verbo activo: sin acción transformadora, se degrada en espera vacía. A su modo, Eduardo Galeano entrelaza manos y memoria en El libro de los abrazos (1989), donde los gestos cotidianos abren grietas de dignidad. Así, la frase de Gabo dialoga con una tradición que rechaza el consuelo pasivo y prefiere el acto que alfabetiza el futuro. La expectativa se vuelve tarea y el deseo, oficio. [...]