Por eso Laozi insiste: “Profundo, cada vez más profundo, es la puerta de todas las maravillas”. La profundidad no es oscuridad confusa, sino una finura de percepción que abre umbrales.
Zhuangzi narra al cocinero Ding, que corta un buey sin esfuerzo porque ve “los intersticios” y deja que el cuchillo siga los vacíos (Zhuangzi, cap. 3). Esa entrada sutil—ni forzar ni resistir—es la puerta por la que lo ordinario deviene asombro. [...]