Históricamente, las sociedades solían atribuir el mal a fuerzas demoníacas o a la corrupción inherente. Sin embargo, autores como Viktor Frankl (1946) ya argumentaban, desde su experiencia en los campos de concentración nazis, que las circunstancias psicológicas y sociales pueden empujar a las personas a realizar actos atroces. Así, el discurso se desplaza desde la condena moral hacia la empatía y el entendimiento de las motivaciones individuales. [...]