De esta intuición poética a la escena, su teatro dramatiza el precio del callar. En La casa de Bernarda Alba (1936), el deseo confinado bajo el yugo del honor empuja a Adela al extremo: silenciar la pasión no la apaga, la vuelve insoportable. Del mismo modo, Bodas de sangre (1933) muestra cómo lo reprimido regresa con violencia. Así, la ética del silencio se revela trágica: tarde o temprano, el deseo pide su palabra y, si se le niega, habla con destrucción. [...]