Sanar también significa volver a empezar

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Sanar es un proceso desordenado. Empieza de nuevo tantas veces como lo necesites. — Priscilla Stepha
Sanar es un proceso desordenado. Empieza de nuevo tantas veces como lo necesites. — Priscilla Stephan

Sanar es un proceso desordenado. Empieza de nuevo tantas veces como lo necesites. — Priscilla Stephan

¿Qué perdura después de esta línea?

La naturaleza no lineal de la sanación

La frase de Priscilla Stephan rompe, ante todo, con una expectativa muy común: la idea de que sanar implica avanzar en línea recta, sin retrocesos. En realidad, muchos procesos emocionales se parecen más a una espiral que a una escalera; uno vuelve a heridas antiguas, pero cada regreso ocurre desde una conciencia distinta. Por eso, el desorden no es señal de fracaso, sino parte constitutiva del cambio interior. En ese sentido, aceptar la confusión, las pausas y los tropiezos permite abandonar una visión rígida del bienestar. Como sugiere Judith Herman en Trauma and Recovery (1992), la recuperación del trauma suele desarrollarse en etapas inestables, con avances y reapariciones del dolor. Así, la cita invita a mirar la sanación con más paciencia y menos juicio.

Volver a empezar sin vergüenza

A partir de esa idea, la segunda mitad de la frase ofrece un consuelo decisivo: comenzar otra vez no invalida lo ya recorrido. Con frecuencia, las personas sienten culpa cuando recaen en viejos patrones, como si reiniciar significara perder todo progreso. Sin embargo, cada nuevo intento se apoya en aprendizajes previos, incluso cuando el cansancio impide verlo con claridad. De hecho, muchas narrativas terapéuticas insisten en este punto. Brené Brown, en Rising Strong (2015), describe la capacidad de levantarse después de una caída como una práctica de valentía, no de debilidad. Por consiguiente, volver a empezar tantas veces como sea necesario se convierte en un acto de dignidad personal: una manera de elegirse de nuevo.

El desorden como espacio de reconstrucción

Además, el desorden que acompaña a la sanación no solo desestabiliza: también abre espacio para reorganizar la vida desde bases más honestas. Cuando una pérdida, una decepción o una herida profunda rompen la antigua estructura interna, suele surgir un periodo caótico en el que nada parece encajar. No obstante, precisamente allí comienza la reconstrucción auténtica. Esta idea aparece, por ejemplo, en Viktor Frankl, quien en El hombre en busca de sentido (1946) mostró que incluso en contextos extremos el sufrimiento puede empujar a una resignificación de la existencia. Así, el desorden no siempre debe corregirse de inmediato; a veces necesita ser escuchado, porque señala que algo viejo ya no sirve y algo nuevo todavía está tomando forma.

La ternura frente a los retrocesos

Por ello, la cita también propone una ética de la ternura con uno mismo. En lugar de responder al dolor con exigencia —“ya debería estar bien”, “esto ya tendría que haber pasado”—, Stephan sugiere una actitud más compasiva y realista. Sanar exige constancia, sí, pero una constancia flexible, capaz de sostener incluso los días en que todo parece volver atrás. En la práctica, esto puede verse en pequeños gestos: retomar una rutina, pedir ayuda otra vez, llorar lo que se creía superado, o regresar a terapia después de meses. Lejos de ser señales de debilidad, estos movimientos revelan una forma madura de cuidado. En consecuencia, la ternura no suaviza la sanación: la hace posible.

La esperanza que persiste en el reinicio

Finalmente, la fuerza más profunda de la frase reside en su defensa de la esperanza. Decir “empieza de nuevo tantas veces como lo necesites” equivale a afirmar que todavía hay futuro, incluso después del agotamiento, la recaída o la desilusión. No se promete una recuperación rápida ni perfecta; se ofrece algo más creíble y más humano: permiso para persistir. Esa perspectiva enlaza con una verdad fundamental de la experiencia humana: vivir también implica recomenzar. Cada reinicio, por pequeño que sea, desafía la idea de que estamos condenados por nuestras heridas. Así, la cita de Priscilla Stephan no idealiza el dolor, pero sí recuerda que dentro del desorden sigue existiendo una posibilidad: la de volver, una vez más, hacia uno mismo.

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