Del asombro interior a la acción transformadora

Aférrate con fuerza al asombro, luego moldéalo en acciones. — Kahlil Gibran
El asombro como punto de partida
La frase de Kahlil Gibran nos invita primero a no perder el contacto con el asombro, esa capacidad de maravillarnos ante la vida. Antes de hablar de metas o productividad, sitúa la raíz de toda acción significativa en una emoción profunda: la sorpresa reverente ante lo que existe. Así, el asombro no es un lujo infantil, sino la fuente de una mirada limpia que cuestiona lo que damos por sentado. Desde este punto de partida, la cita sugiere que sólo quien se asombra de verdad tiene motivos auténticos para actuar y cambiar algo.
Aferrarse: proteger la chispa creativa
Al decir “aférrate con fuerza”, Gibran reconoce que el asombro es frágil y fácilmente ahogado por la rutina, el cinismo o la prisa. La instrucción implica una resistencia activa: cuidar aquello que nos conmueve antes de que se diluya en la costumbre. Del mismo modo que los filósofos presocráticos se maravillaban ante el fuego o el mar para pensar el mundo, el sujeto moderno ha de luchar por preservar su capacidad de sorpresa. Aferrarse, entonces, no es obsesionarse, sino custodiar esa chispa interna que evita que la vida se vuelva mera repetición mecánica.
Del sentimiento a la forma: moldear el asombro
Sin embargo, la cita no se detiene en el plano emocional; añade un segundo movimiento: “luego moldéalo en acciones”. El asombro, por sí solo, puede quedarse en un destello fugaz si no encuentra una forma concreta. Igual que un escultor transforma la piedra bruta en figura, el ser humano puede transformar su impacto emocional inicial en decisiones, proyectos y obras. En este tránsito del sentir al hacer, el asombro deja de ser un mero estado interno y se convierte en fuerza configuradora de la realidad cotidiana, dándole dirección y propósito.
Acción con sentido frente a acción vacía
Esta transición resuelve un problema frecuente: la acción vacía de sentido. Muchas veces actuamos por inercia, por obligación o por miedo, sin una conexión íntima con lo que hacemos. Gibran propone lo contrario: que lo que nos asombra sea el motor de lo que emprendemos. Así, el que se maravilla con la injusticia que ve puede transformarla en activismo; quien se asombra ante la belleza de la naturaleza puede encauzarla en arte o cuidado ambiental. De este modo, el hacer deja de ser un simple cumplimiento de tareas y se transforma en respuesta viva a aquello que nos conmueve.
Imaginación, ética y responsabilidad creativa
Al unir asombro y acción, la frase también enlaza imaginación y ética. Asombrarse abre la mente a posibilidades nuevas; moldear ese asombro en acciones implica elegir qué mundo queremos favorecer. Como en la tradición de pensadores espirituales a la que Gibran pertenece, la creatividad no se limita al arte, sino que abarca nuestra manera de relacionarnos, trabajar y decidir. Así, cada gesto cotidiano puede ser una pequeña escultura de nuestro asombro: desde la forma en que escuchamos a alguien, hasta el proyecto que emprendemos para mejorar nuestra comunidad.
Convertir la vida en una obra en proceso
Finalmente, la cita sugiere que la vida entera puede entenderse como un proceso continuo de dar forma al asombro. No se trata de una acción aislada, sino de un estilo de vivir en el que seguimos sorprendiéndonos y, acto seguido, encarnamos esa sorpresa en nuevas elecciones. Como un taller abierto, nuestra existencia se va modelando a partir de lo que nos conmueve y nos inspira. Así, aferrarnos al asombro y convertirlo en acción significa elegir que nuestra biografía no sea sólo lo que nos ocurre, sino también lo que decidimos crear a partir de lo que nos maravilla.