Sembrar preguntas para cosechar verdaderas respuestas

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Planta una pregunta y riégala con curiosidad; las respuestas crecerán. — Albert Camus
Planta una pregunta y riégala con curiosidad; las respuestas crecerán. — Albert Camus

Planta una pregunta y riégala con curiosidad; las respuestas crecerán. — Albert Camus

La metáfora de sembrar una pregunta

Camus compara la pregunta con una semilla porque, al igual que una planta, contiene en pequeño todo lo que puede llegar a ser. Una pregunta sencilla, casi tímida, puede abrir caminos de reflexión que no imaginábamos. Esta imagen sugiere que el conocimiento no se impone desde fuera, sino que brota de algo minúsculo pero vivo que se deposita en la mente. Así, el acto de preguntar se vuelve un gesto de creación: lanzamos algo al terreno de la realidad y esperamos a ver qué nace de ello.

La curiosidad como agua que da vida

Sin embargo, una semilla seca no basta: hace falta riego constante. La curiosidad cumple ese papel, pues no es solo un interés pasajero, sino el deseo sostenido de saber más. Al igual que el agua penetra la tierra y alimenta las raíces, la curiosidad atraviesa la superficie de lo obvio y empapa los detalles. En El mito de Sísifo (1942), Camus explora cómo, incluso ante lo absurdo, la mente humana sigue preguntando por qué, mostrando que la curiosidad es una insistencia vital, no un simple pasatiempo intelectual.

El crecimiento lento de las respuestas

Camus habla de respuestas que “crecerán”, subrayando que comprender requiere tiempo. Del mismo modo que nadie desentierra una planta cada día para ver si ha crecido, tampoco conviene arrancar respuestas apresuradas. Las ideas necesitan madurar, contrastarse, exponerse a nuevas experiencias. En La peste (1947), las reacciones de los personajes ante la epidemia cambian conforme pasan los meses, evidenciando que solo el paso del tiempo permite que ciertas respuestas humanas —sobre el miedo, la solidaridad o el sentido— puedan desarrollarse plenamente.

Del conocimiento pasivo al pensamiento activo

Esta metáfora también cuestiona la educación basada en respuestas prefabricadas. Si las respuestas son plantas, no se pueden simplemente entregar en macetas cerradas: hay que enseñar a sembrarlas. Formular preguntas y cuidarlas con curiosidad convierte al individuo en participante activo de su propio entendimiento. Platón, en los diálogos socráticos, ya mostraba a Sócrates como un jardinero de preguntas, guiando a sus interlocutores no con sermones, sino con interrogaciones que los obligaban a pensar por sí mismos y a ver cómo crecían sus propias conclusiones.

Una ética de la duda fértil

Finalmente, la imagen de Camus propone una ética de la duda: no se trata de sospechar de todo por cinismo, sino de mantener las preguntas vivas para que sigan dando fruto. Esta duda fértil impide que las respuestas se endurezcan en dogmas estériles. En El hombre rebelde (1951), Camus advierte contra las certezas absolutas que justifican la violencia; frente a ellas, reivindica una lucidez que se alimenta de preguntas insistentes. Así, sembrar y regar interrogantes no es solo un método de conocimiento, sino una forma de vivir más libre y responsablemente.