Crítica, riesgo y el verdadero alcance de la acción
Si no vas a ser criticado, puedes estar seguro de que no harás mucho. — Søren Kierkegaard
El vínculo inevitable entre acción y crítica
Kierkegaard advierte que la ausencia de crítica rara vez es un signo de excelencia; más bien revela inacción o conformismo. Cada vez que alguien intenta cambiar algo —una idea, una costumbre o un sistema— entra en conflicto con expectativas previas y, por ello, provoca resistencia. Así, la crítica se convierte casi en un barómetro de impacto: cuanto más se desafían inercias, más voces surgen para cuestionar. Lejos de ser un simple obstáculo, esta oposición confirma que hemos salido de la zona estéril de la indiferencia.
Conformismo y la ilusión de estar a salvo
A partir de esta idea, resulta evidente que el deseo de no ser criticado suele conducir al conformismo. Quien adapta sus palabras y actos únicamente para evitar el desacuerdo termina reforzando el statu quo. Kierkegaard, en obras como “La enfermedad mortal” (1849), denunciaba precisamente la cobardía espiritual de una sociedad que prefiere la comodidad de la aprobación general. De este modo, el “estar a salvo” de la crítica es, en realidad, una forma de renunciar silenciosamente a cualquier transformación significativa.
La crítica como signo de relevancia
Desde esta perspectiva, la crítica deja de ser un enemigo y pasa a ser un indicador de relevancia. Cuando una propuesta toca temas sensibles —valores, creencias o intereses— provoca reacciones intensas, tanto de apoyo como de rechazo. Algo similar se observa en movimientos históricos de cambio social: las sufragistas del siglo XIX, por ejemplo, fueron ridiculizadas y atacadas precisamente porque su demanda de voto femenino ponía en cuestión el orden establecido. Así, la oposición señalaba que el mensaje era incómodo, pero también que era imposible ignorarlo.
El coraje existencial frente al juicio ajeno
De ahí se desprende la dimensión existencial del pensamiento de Kierkegaard: actuar auténticamente exige coraje para soportar el juicio de los demás. En “Temor y temblor” (1843) muestra, a través de la figura de Abraham, cómo una decisión personal y profunda puede ser incomprensible para el entorno. Esta incomprensión se manifiesta en críticas, sospechas o burlas. Sin embargo, el filósofo sostiene que la autenticidad se mide por la disposición a soportar esa soledad, antes que por la tranquilidad que otorga la aprobación colectiva.
Transformar la crítica en herramienta de crecimiento
Finalmente, asumir que la crítica es inevitable abre la puerta a otro paso crucial: usarla como fuente de aprendizaje. No toda objeción es valiosa, pero incluso la más injusta revela percepciones, miedos y resistencias que ayudan a afinar nuestros proyectos. Al diferenciar entre la crítica destructiva y la que señala fallos reales, es posible corregir rumbos sin renunciar al impulso de actuar. Así, la frase de Kierkegaard no solo invita a perder el miedo al rechazo, sino a entender que el verdadero “hacer mucho” implica también aprender de las fricciones que generamos.