El salto creativo cuando la razón vacila

Salta donde el pensamiento vacila; así nace lo inesperado. — Søren Kierkegaard
El umbral donde tiembla la certeza
La frase de Kierkegaard coloca el foco en un instante decisivo: cuando el pensamiento, acostumbrado a ordenar el mundo, ya no logra sostener sus propias conclusiones. Ese vacilar no es mero error, sino un umbral. Justo ahí, donde faltan garantías, aparece la posibilidad de otro tipo de movimiento: no la deducción lineal, sino el salto. A partir de ese punto, lo “inesperado” no surge por azar, sino porque la mente deja de repetir rutas conocidas. Al aceptar la fragilidad momentánea de la lógica, se abre un espacio para que irrumpa algo nuevo: una idea, una decisión o una comprensión que antes no podía nacer dentro de los límites de lo seguro.
El salto como acto existencial
En Kierkegaard, el salto no es solo una metáfora creativa; es una categoría existencial. En obras como *Temor y temblor* (1843), la vida humana se presenta atravesada por elecciones que no pueden resolverse únicamente con argumentos, porque exigen compromiso y riesgo. Por eso, cuando el pensamiento vacila, el sujeto no “espera” una prueba final: decide. Así, el salto señala una transición del análisis a la existencia vivida. No niega la razón, pero la reconoce insuficiente para ciertos momentos. Y precisamente al asumir esa insuficiencia, lo inesperado puede convertirse en realidad: un rumbo nuevo que no se deducía, pero que se vuelve verdadero al elegirse.
La incertidumbre como motor de creación
Si el pensamiento estable tiende a conservar, el pensamiento que vacila puede inventar. La creatividad suele nacer cuando un marco explicativo deja de encajar: un científico frente a una anomalía, un artista ante un lenguaje agotado, o una persona que descubre que sus viejas respuestas ya no le alcanzan. En ese desajuste aparece la necesidad de un salto que reordene el paisaje. De hecho, muchas innovaciones comienzan con una incomodidad: “esto no termina de funcionar”. Al cruzar ese punto, en lugar de aferrarse a lo conocido, se explora lo improbable. Lo inesperado, entonces, es la recompensa —no garantizada— de tolerar la duda el tiempo suficiente como para dar un paso más allá.
El riesgo: perder pie para ganar mundo
Pero saltar implica una pérdida temporal de suelo. Por eso la frase también habla de valentía: cuando el pensamiento vacila, puede surgir la tentación de retroceder a certezas cómodas. Kierkegaard insiste en que hay instantes en los que la seguridad absoluta es una ilusión, y pretenderla paraliza. El salto sucede cuando se acepta actuar sin control total. En la vida cotidiana esto puede verse en decisiones que reconfiguran una biografía: dejar un trabajo estable por una vocación, o admitir una verdad personal que rompe una narrativa previa. En esos momentos, el “inesperado” no solo sorprende; transforma, porque obliga a habitar una identidad nueva.
Lo inesperado como revelación interior
Además, lo inesperado no siempre viene del exterior; a veces emerge como revelación íntima. Cuando el pensamiento vacila, se aflojan los mecanismos de defensa que sostienen una imagen fija de nosotros mismos. En ese hueco puede aparecer una intuición: lo que realmente se desea, lo que se teme, o lo que se ha pospuesto. No es magia: es el resultado de mirar sin la armadura habitual. En este sentido, el salto tiene un componente de autenticidad. Kierkegaard, que dedicó su obra a la subjetividad y a la elección personal, sugiere que el sujeto se encuentra a sí mismo cuando se atreve a cruzar el punto donde ya no bastan las explicaciones y comienza la responsabilidad.
Aprender a saltar sin despreciar la razón
Finalmente, la frase no invita a abandonar el pensamiento, sino a reconocer su límite y usarlo como impulso. La razón prepara el terreno: analiza, compara, prevé consecuencias. Sin embargo, cuando llega al borde —cuando vacila— aparece una invitación a completar el camino con decisión. El salto no sustituye al pensamiento; lo continúa por otra vía. Cultivar esa capacidad puede traducirse en prácticas simples: tolerar preguntas abiertas, ensayar posibilidades, aceptar errores, y actuar con humildad ante lo incierto. Con ese entrenamiento, lo inesperado deja de ser una amenaza y se vuelve una fuente de renovación: el lugar donde la vida, por fin, se permite salir del guion.