Fe Elegida: Entre Duda, Anhelo y Salto

Copiar enlace
3 min de lectura
Salta donde la duda se encuentra con el anhelo; la fe es un paso elegido. — Søren Kierkegaard
Salta donde la duda se encuentra con el anhelo; la fe es un paso elegido. — Søren Kierkegaard

Salta donde la duda se encuentra con el anhelo; la fe es un paso elegido. — Søren Kierkegaard

El cruce entre duda y anhelo

Kierkegaard sitúa el inicio de la fe en un territorio incómodo: justo donde la duda se cruza con el anhelo. No propone una certeza tranquila, sino un lugar interior en el que la mente cuestiona mientras el corazón desea algo más grande que uno mismo. Esta intersección crea una tensión productiva: la duda impide la credulidad ingenua, mientras el anhelo impide el cinismo absoluto. Así, en lugar de ser enemigos, duda y deseo se convierten en las dos fuerzas que empujan al ser humano a preguntarse por el sentido último de la existencia.

La fe como decisión y no como evidencia

A partir de ese cruce, Kierkegaard afirma que la fe no surge de una prueba concluyente, sino de un paso elegido. En obras como “Temor y temblor” (1843), muestra que la fe exige una decisión que trasciende lo demostrable, un ‘sí’ que no se puede deducir lógicamente. Esta elección no niega la razón, pero reconoce sus límites: llega un punto donde los argumentos ya no resuelven la inquietud interior. Precisamente ahí, cuando la evidencia no basta y el vacío de sentido asoma, la fe aparece como un acto voluntario, no como una conclusión obligada.

El salto cualitativo de la existencia

De este modo, la metáfora del salto se vuelve central. Kierkegaard habla de un “salto cualitativo” entre vivir atrapado en lo inmediato y asumir una existencia orientada a lo absoluto. No se trata solo de cambiar de opinión, sino de transformarse como persona. Similar a quien se lanza al agua sabiendo que no puede controlar cada ola, el salto de fe implica exponerse a la incertidumbre confiando en que hay un sentido más allá de lo que se ve. Esta imagen ilumina por qué el filósofo danés consideraba la fe un riesgo existencial y no una simple adhesión intelectual.

Responsabilidad personal frente a lo infinito

Así, la fe en Kierkegaard es profundamente personal: nadie puede saltar por otro. En “Post-scriptum definitivo no científico” (1846), insiste en que la verdad cristiana es subjetiva en el sentido de compromiso: importa menos tener teorías correctas que existir en relación viva con aquello en lo que se cree. De ahí que la fe sea un paso elegido y, por tanto, responsable. No se ampara en la masa ni en la costumbre; exige responder en primera persona al llamado interior que nace del anhelo y se confronta con la duda.

Vivir con la tensión en lugar de huirla

Finalmente, esta visión invita a habitar la tensión en vez de sofocarla. En un mundo que busca certezas rápidas o evasiones cómodas, Kierkegaard propone reconocer que la duda puede convivir con la fe sin destruirla. El creyente, para él, no es quien ha eliminado todas las preguntas, sino quien, pese a ellas, sigue eligiendo confiar. Esta convivencia entre preguntar y creer abre un espacio de autenticidad: la fe no oculta los abismos de la existencia, sino que se atreve a caminar sobre ellos, paso a paso, como una elección renovada cada día.