Valentía: actuar con honestidad, no autoengaño
La valentía es elegir la acción honesta sobre la historia cómoda — Simone de Beauvoir
El filo de una definición incómoda
La frase de Simone de Beauvoir desplaza la valentía del terreno épico —hazañas, riesgos visibles, gestos heroicos— hacia un lugar más cotidiano y, por eso, más difícil: el momento en que elegimos una acción honesta aunque nos complique la vida. De entrada, el contraste es claro: la “historia cómoda” no solo es una excusa, sino un relato que nos protege del costo emocional y social de decir la verdad con hechos. Así, la valentía aparece como una decisión ética, no como un temperamento. No depende tanto de sentir miedo o no, sino de qué hacemos cuando el miedo, la vergüenza o la conveniencia nos ofrecen una salida narrativa: justificar, minimizar o culpar a otros.
La “historia cómoda” como autoengaño
A continuación, conviene mirar esa “historia cómoda” con lupa: suele ser el cuento interno que mantiene intacta nuestra imagen de persona razonable, buena o víctima de las circunstancias. En la práctica, puede sonar a “no es el momento”, “no vale la pena”, o “así son las cosas”, fórmulas que cierran el paso a cualquier responsabilidad real. Por ejemplo, alguien que tolera un trato injusto en su trabajo puede repetirse que “es mejor no hacer olas”, mientras su cuerpo acumula estrés y resentimiento. El relato calma hoy, pero cobra intereses mañana. Beauvoir sugiere que la comodidad narrativa es una forma sofisticada de evasión: no solo oculta la verdad, también la vuelve innecesaria.
Acción honesta: cuando la verdad se vuelve acto
En contraste, la “acción honesta” no es solo confesar algo; es ajustar la conducta a lo que sabemos que es cierto. Esto puede implicar pedir perdón sin matices, poner un límite sin dramatismos, renunciar a un beneficio injusto o hablar cuando el silencio nos vuelve cómplices. La honestidad, en esta lectura, se mide por consecuencias asumidas. Además, la frase subraya que la valentía se prueba en lo concreto: una conversación difícil, un “no” claro, una decisión que reduce privilegios o comodidad. Es una honestidad encarnada, no ornamental, y por eso suele sentirse como pérdida antes de sentirse como libertad.
La libertad como carga existencial
Este enfoque se enlaza naturalmente con el existencialismo de Beauvoir y su ética de la libertad: elegir implica responsabilizarse. En “The Ethics of Ambiguity” (1947), Beauvoir sostiene que la libertad humana no es un regalo cómodo, sino una tarea: debemos construir sentido mediante actos, y esos actos nos exponen. Por eso la “historia cómoda” es tentadora: promete alivio sin elección real. Sin embargo, para Beauvoir, eludir la elección no nos exime; solo nos vuelve menos lúcidos y, a la larga, menos libres. La valentía, entonces, es aceptar la ambigüedad —no hay garantías— y aun así actuar con integridad.
Mala fe y excusas que nos protegen
Luego aparece un pariente conceptual: la “mala fe”, discutida por Jean-Paul Sartre en “Being and Nothingness” (1943), donde el sujeto se oculta de su propia libertad mediante roles, pretextos y determinismos. Aunque la frase es de Beauvoir, dialoga con esa idea: la “historia cómoda” funciona como máscara que nos convierte en espectadores de nuestra vida. Decir “no puedo” cuando en realidad es “no quiero pagar el costo” es una forma común de esa mala fe. La valentía, en cambio, desnuda el mecanismo: reconocer el deseo, el miedo y el interés, y aun así elegir la acción que no traiciona la verdad que ya vimos.
El costo social de decir y hacer
Finalmente, la frase apunta a un costo que no es abstracto: actuar con honestidad suele alterar relaciones y jerarquías. Un límite claro puede enfriar una amistad; denunciar una injusticia puede traer represalias; admitir un error puede cambiar cómo nos ven. En ese punto, la “historia cómoda” ofrece pertenencia, mientras la acción honesta ofrece coherencia. Sin embargo, la cohesión interna que nace de esa coherencia tiene efectos duraderos. Con el tiempo, quienes eligen actuar así suelen describir una calma distinta: no la calma anestésica del autoengaño, sino la tranquilidad de no necesitar sostener un relato para justificar lo injustificable. Ahí, precisamente, Beauvoir sitúa la valentía.