Avanzar con convicción en la incertidumbre

Si tu camino es incierto, avanza con convicción y aprende sobre la marcha. — Simone de Beauvoir
La incertidumbre como condición humana
La frase de Simone de Beauvoir parte de una constatación sencilla: el camino casi nunca se revela completo antes de empezar a andar. En lugar de prometer seguridad, asume que la vida viene con huecos, ambigüedades y decisiones tomadas sin garantías. Ese reconocimiento no es pesimista; más bien, despeja la ilusión de que primero llega la claridad y después la acción. A partir de ahí, la propuesta es práctica: si el trayecto es incierto, lo decisivo no es esperar un mapa perfecto, sino adoptar una disposición interna capaz de sostener el movimiento. Así, la incertidumbre deja de ser un semáforo en rojo y se convierte en el escenario normal donde se construyen las elecciones.
Convicción no es certeza: es compromiso
Convicción, en este contexto, no significa “saber que saldrá bien”, sino comprometerse con una dirección aunque el resultado no esté asegurado. De Beauvoir, vinculada al existencialismo, defendió que la libertad se ejerce en situaciones concretas y a menudo opacas; Sartre lo formula de modo afín cuando afirma que estamos “condenados a ser libres” en El ser y la nada (1943), es decir, obligados a elegir incluso sin certezas. Por eso, avanzar con convicción se parece más a sostener una decisión con responsabilidad que a actuar con arrogancia. La convicción funciona como un ancla ética: “elijo esto” y, al elegir, me hago cargo de lo que esa elección implique para mí y para los demás.
Aprender sobre la marcha: la acción como método
Luego aparece el segundo movimiento de la frase: aprender mientras se avanza. Aquí, el aprendizaje no es un requisito previo sino un producto del trayecto, como si la experiencia fuera un laboratorio continuo. En lugar de esperar dominar todas las variables, se aprende con retroalimentación real: lo que funciona se refuerza, lo que falla se corrige. Este enfoque recuerda el pragmatismo de John Dewey en Experience and Education (1938), donde la educación auténtica nace de la experiencia reflexionada. Así, el error no es un veredicto final, sino información. La marcha genera datos, y esos datos afinan la convicción, volviéndola menos rígida y más lúcida.
El coraje de elegir sin garantías
Sin embargo, caminar en lo incierto exige coraje: la valentía de tolerar la incomodidad de no saber. Kierkegaard describió esa tensión como “angustia” en El concepto de la angustia (1844): no es simple miedo, sino el vértigo de la posibilidad. De Beauvoir parece decir: no intentes eliminar ese vértigo antes de actuar; aprende a actuar con él. En la vida cotidiana, esto se ve en decisiones como cambiar de carrera, emigrar o terminar una relación: nadie posee certezas completas, pero la inacción también decide. Por eso, la convicción opera como un acto de madurez: no niega el riesgo, lo asume y lo integra en el movimiento.
Libertad situada y responsabilidad hacia otros
A continuación, conviene recordar que en Beauvoir la libertad no es un capricho aislado, sino una libertad situada. En La ética de la ambigüedad (1947), plantea que vivimos en condiciones concretas—sociales, económicas, históricas—y que nuestra acción se entrelaza con la libertad ajena. Avanzar con convicción, entonces, no es imponerse, sino elegir con conciencia del contexto y de los efectos. Esa perspectiva introduce un matiz importante: aprender sobre la marcha también implica revisar el impacto de nuestros pasos. La convicción madura no se aferra a una ruta a costa de otros; se corrige cuando descubre daño, y se fortalece cuando encuentra formas de avanzar ampliando posibilidades compartidas.
Una brújula práctica para el día a día
Finalmente, la frase puede leerse como una brújula concreta: define un modo de navegar cuando el mapa no existe. Primero, se elige una dirección provisional (convicción); después, se ejecuta un paso pequeño pero real (avance); y, por último, se evalúa lo ocurrido para ajustar el siguiente paso (aprendizaje). Con el tiempo, el camino se vuelve más visible precisamente porque se recorrió. Así, la incertidumbre deja de ser un obstáculo absoluto y se convierte en un componente del proceso. De Beauvoir no promete tranquilidad, pero sí una forma de dignidad: caminar con intención, corregir sin vergüenza y transformar la duda en experiencia.