Progreso medido por esfuerzo, no comparación

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Mide el progreso por cuánto lo intentas, no por cómo te comparas. — James Baldwin
Mide el progreso por cuánto lo intentas, no por cómo te comparas. — James Baldwin

Mide el progreso por cuánto lo intentas, no por cómo te comparas. — James Baldwin

La métrica equivocada del avance

La frase de James Baldwin desplaza la mirada desde el marcador social—quién va delante y quién se queda atrás—hacia un criterio más íntimo y, paradójicamente, más exigente: el intento sostenido. En lugar de preguntar “¿qué tan bien quedo frente a otros?”, nos invita a preguntar “¿cuánto me estoy comprometiendo con lo que quiero construir?”. Ese cambio inicial es decisivo porque la comparación suele ofrecer una ilusión de claridad mientras distorsiona el contexto: no vemos los privilegios, las heridas, los ritmos ni los costos invisibles de la vida ajena. Por eso, Baldwin sugiere que medir el progreso por comparación es como evaluar un viaje sin conocer el punto de partida.

El esfuerzo como acto de libertad

A continuación, la idea de “cuánto lo intentas” funciona como una declaración de agencia. En escenarios donde el mundo pone límites—por clase, raza, historia familiar o expectativas sociales—el intento no es solo voluntad personal: es un gesto de autonomía. Baldwin, que escribió sobre identidad y opresión en obras como *The Fire Next Time* (1963), entendía que muchas vidas no se miden justamente por estándares externos. Así, insistir en el esfuerzo no romantiza el sufrimiento; más bien reconoce lo que sí está bajo nuestra responsabilidad: presentarnos, practicar, corregir, volver. El progreso se vuelve una relación diaria con la disciplina, no un veredicto del público.

La comparación como trampa emocional

Luego aparece el costo psicológico de compararse. Incluso cuando “ganamos” en la comparación, queda una inquietud: siempre habrá alguien más avanzado en alguna dimensión. Y cuando “perdemos”, el resultado tiende a ser vergüenza o parálisis. En ambos casos, la comparación secuestra energía que podría ir al aprendizaje. Por eso, Baldwin parece proponer una higiene mental: si el referente es tu propio intento, el foco cambia de la autoevaluación cruel al proceso. En la práctica, es la diferencia entre decir “soy peor que ellos” y decir “hoy hice una repetición más, me animé a enviar ese correo, pedí ayuda, persistí diez minutos más”.

Progreso como proceso, no como podio

Después de desactivar la comparación, se abre una visión más realista del progreso: no lineal, con retrocesos y mesetas. Medir por el intento permite reconocer avances que no se notan desde fuera: la constancia, la valentía de empezar, la capacidad de tolerar el error. Este enfoque se alinea con una idea antigua: Aristóteles en la *Ética a Nicómaco* (c. 350 a. C.) describe la virtud como hábito; es decir, algo que se construye por repetición, no por exhibición. En ese marco, “progresar” se parece menos a vencer a otros y más a convertirse, poco a poco, en alguien capaz de sostener una vida elegida.

Una brújula práctica para la vida diaria

Finalmente, el consejo de Baldwin puede traducirse en una brújula concreta: evaluar el día por acciones controlables. ¿Intentaste con honestidad? ¿Te preparaste? ¿Volviste a intentar cuando fallaste? Esa evaluación es más humilde que el orgullo y más útil que la culpa, porque te orienta hacia el siguiente paso. Una anécdota común lo ilustra: dos personas aprenden un idioma; una se compara y abandona al sentirse “lenta”, la otra mide su progreso por la práctica diaria, celebra pequeñas mejoras y llega más lejos. Así, el esfuerzo no garantiza resultados inmediatos, pero sí garantiza algo esencial: continuidad. Y donde hay continuidad, suele nacer el cambio.