Compartir asombro convierte la imaginación en hogar
Convierte el asombro en refugio; la imaginación se vuelve hogar cuando se comparte. — J.R.R. Tolkien
Del asombro al cobijo común
Para empezar, la sentencia de Tolkien sugiere un movimiento íntimo: el asombro, que a solas desborda, se vuelve refugio cuando encuentra compañía. Compartirlo lo hace habitable; deja de ser un destello aislado para convertirse en un fuego alrededor del cual sentarse. Así, la imaginación ya no es fuga, sino estancia donde otros pueden entrar, reconocer algo propio y quedarse un rato. En ese tránsito, el yo se ensancha sin perderse. La experiencia se organiza en relatos, imágenes y símbolos que, al circular, ofrecen marcos de sentido. Como sucede en una casa, cada objeto narrativo adquiere lugar y memoria, y la puerta —la conversación, la lectura compartida— permanece entreabierta.
Tolkien y la poética del hogar
A continuación, la obra de Tolkien muestra cómo ese hogar se construye en la subcreación. En On Fairy-Stories (1939) defendió que los cuentos de hadas brindan “recuperación, escape y consuelo”, una tríada que convierte el asombro en amparo. No es casual que El Hobbit (1937) empiece y termine en Bolsón, ni que El Señor de los Anillos culmine con “Bueno, estoy de vuelta” (The Return of the King, 1955): el viaje ensancha el mundo, pero la casa da forma al sentido. Asimismo, su noción de eucatástrofe —el giro de alegría— ilumina el momento en que la imaginación hospeda esperanza compartida. Ese vuelco no niega el dolor; lo atraviesa y lo redime al ofrecer un sitio común donde sostenerlo.
Los Inklings: comunidad que hace casa
Por otra parte, la biografía creativa de Tolkien confirma que el hogar imaginario se edifica en conversación. Los Inklings se reunían en Oxford, en The Eagle and Child, leyendo borradores y discutiendo mundos. C. S. Lewis alentó capítulos de The Lord of the Rings y recibió el poema Mythopoeia (c. 1931), fruto de una noche de charla sobre mito y verdad. Ese círculo mostró que compartir asombro afina criterios y ensancha la valentía para crear. La crítica amistosa funciona como arquitectura: vigas de confianza, ventanas de perspectiva, y una mesa donde el pan es la historia que se parte y se reparte.
Psicología del asombro y vínculo social
Además, la investigación contemporánea respalda esta intuición. Dacher Keltner y Jonathan Haidt describieron el asombro como emoción que nos orienta hacia realidades vastas y nos reacomoda (2003). Más aún, Paul Piff et al. hallaron que experimentar awe aumenta la conducta prosocial (Journal of Personality and Social Psychology, 2015). En otras palabras, cuando compartimos lo que nos sobrepasa, emergen gestos de cuidado: cedemos sitio, regulamos el tono, escuchamos. Así, el asombro no disuelve al individuo; lo sitúa en una trama mayor donde la generosidad vuelve habitable lo extraordinario.
Mundos comunes: mapas, lenguas y ritos
Siguiendo este hilo, Tolkien diseñó mapas, genealogías y lenguas que invitan a entrar. Los Apéndices de The Lord of the Rings (1955) funcionan como plano de la casa: permiten orientarse, recordar y participar. Esa precisión convierte la imaginación en territorio compartido, con ritos (saludos élficos), calendarios y canciones que sostienen pertenencia. Cuando un grupo adopta símbolos y pequeñas liturgias narrativas, la estancia se vuelve estable: hay pasillos para el debate, chimeneas para la memoria y puertas para la novedad. El detalle, lejos de ser adorno, es la carpintería del cobijo.
Del fuego al foro: compartir hoy
Asimismo, el antiguo círculo junto al fuego encuentra eco en clubes de lectura, talleres, wikis y foros donde se co-crean glosarios, fanart y anotaciones. Estas prácticas, cuando se guían por hospitalidad —atribuir, escuchar, moderar—, reproducen el efecto de refugio: hacen sitio al recién llegado sin expulsar la complejidad del mundo. La clave está en pasar de la exhibición a la conversación. No se trata de mostrar colecciones, sino de abrir la vitrina para que otros toquen, pregunten y, poco a poco, coloquen sus propios objetos significativos en la estantería común.
Prácticas para habitar la imaginación
Finalmente, convertir asombro en hogar exige hábitos concretos: círculos de lectura con turnos de silencio y resonancia; mapas colectivos de escenas favoritas; glosarios caseros que recojan frases y nombres; y una regla de oro de la casa narrativa: cuidar el canon sin sofocar la deriva creativa. Pequeños gestos —una velada de cuentos, una carta a un personaje, una bitácora compartida— tejen continuidad. Así, la imaginación deja de ser un lugar al que escapamos y se vuelve el sitio desde el que, juntos, regresamos más atentos al mundo.