Perseverancia serena cuando los planes vacilan
Que la perseverancia sea tu himno sereno cuando los planes vacilen. — Albert Camus
Un himno en tiempos inciertos
Al inicio, la imagen del himno sereno sugiere una constancia que no se impone a gritos, sino que acompasa el paso cuando el terreno tiembla. Perseverar no es cerrar los ojos a la realidad, sino sostener la dirección mientras los planes se tambalean. Así, el énfasis no recae en la rigidez del plan, sino en la disposición interior a continuar, a corregir, a volver a intentar. Este tono sereno protege del pánico que suele precipitar decisiones pobres y, al mismo tiempo, resguarda la dignidad del esfuerzo. La serenidad no pide velocidad; pide continuidad.
Camus y el absurdo fecundo
Desde ahí, Camus ofrece un marco: el mundo puede ser absurdo, pero nuestra respuesta no debe serlo. En El mito de Sísifo (1942), el héroe empuja la roca sabiendo su destino, y sin embargo encuentra una forma de libertad en el acto mismo. A su vez, en La peste (1947), el doctor Rieux persevera sin garantías; su serenidad nace de hacer la tarea que toca. En esta ética, cuando los planes vacilan, lo que permanece es el compromiso con el acto presente. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una lucidez que rehúsa ceder el timón a la desesperación.
Cuando el plan cae, queda el compás
A continuación, la metáfora musical ilumina el punto: en el jazz, la improvisación salva el concierto cuando la partitura no alcanza. A Miles Davis se le atribuye la idea de que los errores pueden volverse oportunidades si se mantiene el pulso; Kind of Blue (1959) muestra esa confianza en el oído y el momento. Del mismo modo, en proyectos y en vida, el compás es la perseverancia serena que permite modular, llamar a una pausa, cambiar de tono. No se romantiza el fallo: se le escucha y se lo incorpora, para que el movimiento no se rompa.
Evidencia: constancia que sostiene el logro
Asimismo, la psicología respalda esta intuición. Angela Duckworth, en Grit (2016), describe la combinación de pasión sostenida y perseverancia como un predictor robusto de desempeño a largo plazo. Carol Dweck, en Mindset (2006), muestra que quienes ven la habilidad como maleable toleran mejor el tropiezo y reorientan el esfuerzo. Esa mirada no excluye el descanso ni la revisión; al contrario, reduce la ansiedad y preserva energía para iterar. Cuando los planes vacilan, estos hallazgos sugieren que conviene sostener el propósito, ajustar el método y medir el avance en ciclos breves.
Serenidad estoica y gesto concreto
Por otra parte, la tradición estoica ofrece herramientas para sostener la calma que Camus exige sin caer en resignación. Epicteto recuerda la dicotomía del control: distinguir lo que podemos influir de lo que no. Marco Aurelio, en Meditaciones, aconseja volver al trabajo bien hecho, un gesto por vez. Prácticas simples —respiración profunda, diario de decisiones, definición del mínimo siguiente paso— traducen la serenidad en acción concreta. De este modo, la perseverancia no es obstinación ciega, sino una disciplina flexible que evita tanto la parálisis como la precipitación.
Hacerse antifrágil ante la incertidumbre
Finalmente, cuando los planes vacilan, conviene crecer con el vaivén. Nassim Nicholas Taleb, en Antifrágil (2012), propone sistemas que se benefician del ruido mediante pequeñas apuestas, redundancias y ciclos de retroalimentación. En términos prácticos, dividir el objetivo en experimentos permite aprender barato y temprano, como en el ciclo Plan-Hacer-Verificar-Actuar de Deming. Al convertir cada perturbación en información, la serenidad deja de ser pasividad y se vuelve diseño. Así, la perseverancia —como un himno— sostiene la nota, mientras la melodía cambia sin romperse.