Abrazar el miedo para conocerse de verdad

Salta hacia aquello que te asusta y aprende su nombre. — Søren Kierkegaard
Nombrar lo que nos amenaza
Kierkegaard condensa en esta frase una intuición radical: solo podemos transformar aquello que primero aprendemos a nombrar. Mientras el miedo permanece difuso e innombrado, se vuelve gigantesco e inalcanzable, como una sombra sin contorno. En cambio, cuando nos atrevemos a mirarlo de frente y ponerle nombre, empieza a reducirse a proporciones humanas. Así, el salto hacia lo que asusta no es un gesto temerario sin más, sino el primer paso para convertir la ansiedad informe en un problema concreto que puede pensarse, hablarse y finalmente afrontarse.
Del salto de fe al salto hacia el miedo
En obras como *Temor y temblor* (1843), Kierkegaard describe el “salto de fe” como un movimiento interior que no puede garantizarse con pruebas racionales. De manera análoga, “salta hacia aquello que te asusta” alude a una decisión que se toma antes de tener todas las seguridades. Primero se salta, luego se comprende. Este orden invertido cuestiona la espera infinita a que desaparezca el miedo para actuar. Según el pensador danés, el riesgo y la incertidumbre no se eliminan; se habitan, y es en ese habitar donde se aprende “el nombre” de lo que nos inquieta.
Del monstruo difuso al problema concreto
Al aprender el nombre de lo que tememos, hacemos un trabajo similar al de la filosofía y la psicología: convertir monstruos en conceptos. El miedo al “fracaso”, a la “soledad” o al “rechazo” deja de ser una nube amorfa cuando lo identificamos con precisión. De manera parecida, en la terapia cognitivo-conductual se invita a describir con detalle el temor, para desmontar sus exageraciones. Así, el salto hacia lo temido no es solo exposición, sino también clarificación: pasamos de sentir un terror general a tratar con situaciones, recuerdos y creencias específicas que pueden cuestionarse.
Libertad, angustia y responsabilidad personal
Kierkegaard veía la angustia como el vértigo de la libertad: la sensación de abismo que aparece cuando comprendemos que somos responsables de elegir. Saltar hacia lo que asusta implica aceptar esa libertad en lugar de huir de ella. Al nombrar al miedo, nombramos también nuestras posibilidades y límites. Este reconocimiento tiene un costo: ya no podemos culpar solo al destino o a los demás. Sin embargo, trae una ganancia mayor: dejamos de vivir anestesiados y empezamos a decidir con más conciencia, incluso cuando seguimos sintiendo temor.
El coraje como disciplina cotidiana
Aunque la frase suena heroica, su aplicación es profundamente cotidiana. Saltar hacia lo que asusta puede significar iniciar una conversación incómoda, pedir ayuda, cambiar de rumbo profesional o admitir una verdad largamente evitada. En todos estos casos, el miedo no desaparece por arte de magia; se vuelve manejable porque dejamos de huir. Como señalan estudios sobre exposición gradual al miedo, el contacto repetido reduce su intensidad. Así, el coraje deja de ser un destello excepcional y se convierte en disciplina: un hábito de acercarse, nombrar y aprender, una y otra vez.
Integrar el miedo en una vida auténtica
Finalmente, la invitación de Kierkegaard apunta a la autenticidad. Una existencia auténtica no es la que carece de miedo, sino la que no deja que el miedo decida en nuestro lugar. Al conocer por su nombre aquello que nos asusta, podemos darle su sitio: ni tirano silencioso ni enemigo absoluto, sino señal que nos indica dónde están nuestras zonas de crecimiento. Así, el salto hacia el miedo se convierte en un salto hacia nosotros mismos, porque cada temor comprendido revela algo de lo que valoramos, deseamos y estamos llamados a llegar a ser.