Elegir el camino que desafía al corazón

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Párate donde se abre el horizonte y elige el camino que más asuste a tu corazón. — Simone de Beauvoir

Un horizonte que invita a decidir

Simone de Beauvoir nos sitúa en una imagen decisiva: “párate donde se abre el horizonte”. No se trata solo de un paisaje, sino del momento en que se despliegan ante nosotros múltiples posibilidades de vida. Como en *La invitada* (1943), donde los personajes se enfrentan a opciones que transforman sus relaciones, la autora subraya que cada elección dibuja un futuro distinto. Ese horizonte simboliza la libertad radical del ser humano, tan celebrada en el existencialismo, pero también el vértigo que produce saber que ninguna ruta viene garantizada de antemano.

El miedo como brújula existencial

A continuación, la frase introduce una provocación: elegir el camino que más asuste al corazón. Lejos de glorificar el sufrimiento, Beauvoir señala que el miedo aparece justo allí donde algo es verdaderamente significativo. En *El segundo sexo* (1949), ella describe cómo las mujeres temen, con razón, las decisiones que rompen mandatos sociales, porque implican riesgos concretos. Así, el temor deja de ser un simple obstáculo y se convierte en una brújula que marca las zonas de mayor crecimiento y autenticidad personal.

Libertad, responsabilidad y vértigo

Este llamado al camino más temido se entiende mejor dentro de la ética existencialista que Beauvoir comparte con Sartre. En *La ética de la ambigüedad* (1947), sostiene que somos libres, pero también responsables de lo que hacemos con esa libertad. El miedo surge del peso de esa responsabilidad: al elegir, renunciamos a otras vidas posibles. Sin embargo, en vez de huir, la autora nos invita a atravesar ese vértigo, asumiendo que solo quien decide de forma valiente puede reclamar, después, que su vida le pertenece realmente.

Romper con la comodidad y la sumisión

Además, la recomendación de Beauvoir cuestiona la comodidad como criterio de vida. Elegir siempre lo seguro suele significar obedecer expectativas ajenas: de la familia, del trabajo o de la cultura. En *Memorias de una joven formal* (1958), ella narra cómo tuvo que desafiar el destino “respetable” que se esperaba de una joven burguesa para dedicarse a la filosofía y la escritura. Esa ruptura fue angustiante, pero necesaria para no convertirse en lo que otros habían decidido por ella. El camino que asusta, entonces, suele ser el de la desobediencia creativa.

El coraje de volverse uno mismo

De este modo, elegir el sendero que más asusta al corazón equivale a comprometerse con la propia singularidad. No implica actuar de forma temeraria, sino atreverse a tomar las decisiones que nos acercan a quienes deseamos ser, aun cuando puedan fracasar. Beauvoir muestra, a lo largo de su obra autobiográfica, que ese coraje no es un acto único, sino una práctica cotidiana. Cada vez que el horizonte se abre de nuevo, estamos invitados a recordar su consejo: escuchar el miedo, reconocer qué revela de nuestros deseos más profundos y, aun así, avanzar.

Del temor paralizante al motor de cambio

Finalmente, la frase propone transformar la relación con el temor. En lugar de verlo como señal de retirada, Beauvoir lo convierte en llamado a la acción lúcida. Esto resuena con la noción contemporánea de “zona de confort”: lo que no nos inquieta rara vez nos transforma. Así, cuando el corazón se agita ante una posibilidad —un nuevo proyecto, un vínculo distinto, una ruptura necesaria—, no es solo alarma, sino también indicio de que allí se juega algo esencial. Elegir ese camino es apostar por una existencia más propia, aunque nunca del todo segura.