Del anhelo al trabajo: aligerar el deseo
Convierte el anhelo en trabajo, y el anhelo se volverá ligero. — Søren Kierkegaard
Una fórmula para transformar la carga
Kierkegaard condensa en una línea una estrategia existencial: cuando el anhelo se queda como pura aspiración, suele pesar porque se alimenta de la distancia entre lo que se desea y lo que se vive. En cambio, al convertirlo en trabajo, el deseo deja de ser un rumor interior y se vuelve un conjunto de actos concretos. Así, el anhelo “se vuelve ligero” no porque desaparezca, sino porque cambia de naturaleza: pasa de ser una emoción que se rumia a ser un camino que se recorre. Ese giro desplaza la energía desde la frustración hacia la acción, y con ello disminuye la sensación de impotencia que hace al deseo tan gravoso.
El anhelo como vértigo de posibilidades
Para Kierkegaard, la vida humana está atravesada por la tensión entre posibilidad y realidad; en obras como *El concepto de la angustia* (1844) explora cómo la amplitud de lo posible puede producir angustia. El anhelo, entendido como deseo de una vida distinta, puede quedar atrapado precisamente en esa infinitud: imaginar sin fin, postergar sin fin. Por eso, el paso al trabajo funciona como un “aterrizaje” de la posibilidad. Al elegir tareas, horarios, límites y renuncias, el deseo se encarna. Y cuando el deseo se encarna, deja de presentarse como un abismo abierto y empieza a sentirse como una dirección, incluso si el trayecto es lento.
Trabajo no como productividad, sino como compromiso
El “trabajo” aquí no se reduce a producir más o rendir mejor; se parece más a lo que Kierkegaard llama elección y repetición, el volver cada día a una decisión que construye identidad. En *La repetición* (1843), la idea de repetir no es monotonía, sino una manera de sostener algo en el tiempo para que sea real. En esa línea, convertir el anhelo en trabajo significa comprometerse con prácticas: escribir una página, estudiar una hora, pedir perdón, entrenar, enviar un correo difícil. Al repetirse, esos actos hacen que el anhelo deje de depender del estado de ánimo y se apoye en una estructura, que paradójicamente libera.
De la rumiación a la agencia
Además, el anhelo sin salida suele volverse rumiación: la mente repite escenarios, compara, se recrimina y amplifica la sensación de carencia. Cuando se inicia el trabajo, aunque sea mínimo, aparece la agencia: la experiencia de que algo puede hacerse ahora. Ese simple desplazamiento reduce el peso emocional del deseo. Un ejemplo cotidiano: alguien que anhela “ser músico” puede pasar años sintiendo culpa y nostalgia; pero al convertirlo en trabajo—quince minutos diarios de práctica, una clase semanal, grabar un ejercicio—el anhelo se vuelve más habitable. No es que el objetivo se alcance de inmediato, sino que el deseo deja de doler como ausencia permanente.
El alivio que nace del límite
Luego aparece un efecto inesperado: el trabajo impone límites, y los límites alivian. El anhelo tiende a ser ilimitado—quiere todo, pronto, perfecto—y esa amplitud lo hace pesado. En cambio, el trabajo traduce el deseo a condiciones específicas: hoy esto, esta semana aquello, este año tal meta. Al limitar, el trabajo también ordena prioridades y reduce la dispersión. Se parece a lo que Aristóteles describe en *Ética a Nicómaco* (c. 350 a. C.) cuando asocia la virtud con hábitos guiados por la razón práctica: la vida buena no se sueña solamente, se entrena. Así, el deseo se aligera porque deja de exigirlo todo a la vez.
Una ética de la esperanza activa
Finalmente, la frase propone una esperanza que no espera pasivamente. El anhelo puede ser una forma de fe en lo posible, pero necesita cuerpo: tareas, disciplina, correcciones, paciencia. Al trabajar, el deseo se convierte en compañía; ya no es un juez interior que acusa, sino un motor que orienta. En esa culminación, “ligero” no significa superficial, sino sostenible. El anhelo, convertido en trabajo, deja de consumir la vida desde fuera y empieza a construirla desde dentro. Y esa es, en el fondo, una invitación kierkegaardiana: no vivir en la fantasía del futuro, sino elegir, actuar y repetirse hasta que lo deseado encuentre forma en lo real.