Dejar la certeza para encontrar significado

Mata de hambre la necesidad de certeza y alimenta el apetito de significado. — Vincent van Gogh
Una invitación a renunciar al control
La frase sugiere una inversión deliberada de hábitos: en vez de perseguir certezas como si fueran alimento, Van Gogh propone “matar de hambre” esa necesidad, es decir, dejar de recompensarla. Con ello no glorifica la confusión, sino que señala un costo humano: cuando la mente exige garantías absolutas, suele empobrecer la experiencia y estrechar lo posible. A partir de ahí, la idea se vuelve práctica: si dejamos de alimentar la compulsión por tener respuestas definitivas, se abre un espacio interior para otras preguntas. Ese vacío, lejos de ser un fracaso, puede convertirse en terreno fértil para el sentido.
La certeza como necesidad que se vuelve tiranía
En la vida cotidiana, la necesidad de certeza se disfraza de prudencia: queremos saber cómo saldrá una conversación, si una decisión será “la correcta”, si un camino nos evitará el dolor. Sin embargo, cuando esa necesidad manda, la persona empieza a posponer, controlar o reducir sus elecciones a lo comprobable, perdiendo matices y profundidad. Por eso Van Gogh habla de hambre: la certeza, cuando se vuelve adicción, nunca termina de saciarse. Y cuanto más la alimentamos, más crece. La transición hacia el significado comienza cuando aceptamos vivir con un margen de incertidumbre sin convertirlo en amenaza.
El apetito de significado como fuerza creadora
Después de soltar la exigencia de garantía, aparece otra energía: el “apetito de significado”. A diferencia de la certeza, que busca cerrar preguntas, el significado suele abrirlas. Es una búsqueda que no se satisface con datos, porque implica interpretación, propósito y valor. Aquí la frase se vuelve especialmente artística: el sentido no se verifica como una fórmula, se construye. Viktor Frankl, en Man’s Search for Meaning (1946), describió cómo la orientación hacia un “para qué” puede sostener a una persona incluso en condiciones extremas; esa es la clase de hambre que, bien dirigida, no empobrece, sino que organiza la vida alrededor de algo que importa.
Resonancias filosóficas: vivir sin garantías
Este giro de la certeza al significado dialoga con una tradición filosófica amplia. Søren Kierkegaard, en Fear and Trembling (1843), retrata la fe como un salto que no se apoya en seguridades demostrables, sino en una elección existencial. Más tarde, Albert Camus, en The Myth of Sisyphus (1942), plantea que el ser humano anhela claridad frente a un mundo que no siempre responde; la salida no es fingir certeza, sino crear sentido pese a la falta de respuestas. En ese hilo, Van Gogh parece sugerir una valentía cotidiana: tolerar lo incompleto para que la vida no se reduzca a una contabilidad de riesgos.
La psicología de la incertidumbre y la flexibilidad
En términos psicológicos, “matar de hambre” la certeza se parece a entrenar la tolerancia a la incertidumbre, una capacidad relacionada con la flexibilidad cognitiva. Cuando una persona aprende a no responder automáticamente al miedo con control excesivo, puede explorar posibilidades y matices que antes evitaba. Además, ese entrenamiento suele cambiar la conversación interna: en lugar de “necesito estar seguro”, aparece “necesito entender qué valoro”. Así, el apetito de significado no elimina la ansiedad de golpe, pero le da dirección. En vez de buscar calma inmediata, la persona busca coherencia, y esa coherencia suele sostener más que una certeza frágil.
Un método sencillo: sustituir preguntas de certeza por preguntas de sentido
Para aterrizar la frase, ayuda cambiar el tipo de preguntas. Si alguien piensa “¿y si me equivoco?”, puede probar con “¿qué estoy intentando honrar con esta decisión?”. Ese cambio desplaza la atención desde la predicción (imposible de asegurar) hacia la intención (posible de elegir). Del mismo modo, ante un proyecto creativo o un cambio laboral, en vez de “¿saldrá perfecto?”, la pregunta puede ser “¿qué historia quiero poder contar de este esfuerzo?”. Así, la frase de Van Gogh funciona como disciplina interior: no se trata de celebrar el caos, sino de retirar alimento a una exigencia que paraliza y dárselo a una búsqueda que orienta.