Crear para encontrar sentido, no para quejarse

Elige la creación antes que la queja; el sentido crece a partir de lo que construyes. — Albert Camus
Del absurdo a la acción creativa
Para empezar, la frase condensa el núcleo del pensamiento de Camus: frente al absurdo —la falta de un sentido dado— sólo nos quedan la lucidez y el acto. En El mito de Sísifo (1942), Camus afirma que la respuesta digna no es la resignación sino la “rebelión”, entendida como una fidelidad a la vida que crea valores sin ilusiones. Elegir crear antes que quejarse es, así, afirmar la libertad y transformar el peso de la roca en tarea elegida. Ese giro convierte la existencia en obra, no en espera.
La queja como estancamiento existencial
Luego, distinguir la queja de la denuncia es crucial. La queja estéril señala la falta y nos fija en ella; en cambio, la denuncia abre camino cuando va acompañada de propuesta. En El hombre rebelde (1951), Camus muestra que la rebelión auténtica dice “no” para proteger un “sí” más amplio: la dignidad humana. Por eso, su advertencia no silencia la crítica; la encuadra en una ética de responsabilidad. El movimiento es de la lamentación al diseño: pasar de enumerar daños a bosquejar alternativas, aunque sean mínimas.
Construcción de sentido en la práctica
Asimismo, el sentido “crece a partir de lo que construyes” cuando la práctica concreta se vuelve semilla. La peste (1947) lo dramatiza con el doctor Rieux: no promete salvaciones totales; cura, organiza y persevera. De modo parecido, una biblioteca vecinal levantada por voluntarios no cambia el mundo entero, pero sí cambia mundos próximos y, al hacerlo, revela razones para seguir. La creación, incluso modesta, produce aprendizaje, vínculos y horizonte; la queja prolongada, en cambio, erosiona la energía que esos trabajos requieren.
Resonancias con otros pensadores
En este sentido, otras tradiciones convergen. Viktor E. Frankl, en El hombre en busca de sentido (1946), describe tres vías de significado: la obra que realizamos, el amor que vivimos y la actitud ante lo inevitable. Hannah Arendt, en La condición humana (1958), distingue labores, trabajo y acción, y subraya que la acción inaugura lo nuevo en lo común. E incluso Ortega y Gasset recordaba: “Yo soy yo y mi circunstancia…” (Meditaciones del Quijote, 1914). Todas apuntan a lo mismo: el sentido no se extrae; se forja al intervenir.
Creatividad cívica y cambio compartido
De manera complementaria, la dimensión pública confirma la tesis. Iniciativas de urbanismo social en Medellín en la década de 2000 —como bibliotecas de barrio y movilidad conectiva— mostraron que crear infraestructuras cívicas puede desplazar narrativas de miedo por trayectorias de posibilidad. El patrón se repite en huertos urbanos, laboratorios ciudadanos o cooperativas energéticas: allí la crítica se traduce en prototipos y, con ellos, en confianza. La creación compartida convierte la queja en diagnóstico y el diagnóstico en agenda.
Un método para elegir crear
Finalmente, elegir crear puede convertirse en método. Un marco sencillo: 1) delimita tu esfera de control; 2) formula un problema como oportunidad; 3) diseña un experimento pequeño con fecha; 4) mide un indicador de progreso; 5) cuenta la historia para invitar a otros. Camus llamaría a esto una “rebelión lúcida”: sin consuelos, pero con decoro y oficio. Así, cada gesto —un taller, una carta bien escrita, un servicio que funciona— acumula sentido; no porque lo descubra, sino porque lo construye.