Correr Hacia Lo Extraño Para Sentir El Mundo

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Corre hacia lo extraño y lo nuevo; ese movimiento evita que el mundo se sienta plano. — Haruki Murakami

El impulso de huir de la planicie vital

Murakami sugiere que la vida se vuelve plana cuando dejamos de movernos hacia lo desconocido. No se refiere solo a viajes físicos, sino a cualquier desplazamiento interior: cambiar de perspectiva, admitir dudas, probar senderos insospechados. De este modo, el mundo no pierde profundidad porque nosotros mismos seguimos añadiéndole capas. Cuando permanecemos inmóviles en lo conocido, las experiencias empiezan a repetirse como un fondo gris; en cambio, al inclinarnos hacia lo extraño, la realidad recupera relieve y textura. Así, su invitación es menos una orden y más un recordatorio: lo nuevo no siempre llega solo, hay que salir a su encuentro.

Lo extraño como motor de curiosidad

Ahora bien, ¿por qué precisamente lo extraño? Porque lo que no encaja con nuestros esquemas despierta curiosidad, y la curiosidad es la energía que estira los límites de nuestra mente. Desde los filósofos presocráticos, que se asombraban ante el origen de todas las cosas, hasta las vanguardias artísticas del siglo XX, lo desconocido ha sido un disparador de preguntas más que de respuestas. Al acercarnos a lo raro, empezamos a mirarlo todo con otros ojos, y ese gesto mantiene vivo el asombro infantil que suele adormecerse con la rutina. Así, lo extraño deja de ser amenaza y se transforma en puerta de entrada a una percepción más amplia.

Movimiento interior: cambiar de lenguajes y miradas

Sin embargo, el movimiento del que habla Murakami no siempre es espectacular; muchas veces es íntimo y silencioso. Leer un género que nunca nos ha interesado, escuchar una lengua que no entendemos o dialogar con alguien cuyas ideas nos inquietan también son formas de correr hacia lo nuevo. En la tradición literaria, los grandes cambios de estilo suelen surgir de autores que traicionan lo esperado y ensayan formas extrañas para su época. De manera similar, en nuestra vida cotidiana basta con modificar ligeramente el ángulo de visión para que el mundo recupere volumen, como cuando un cuadro se observa desde diferentes puntos de la sala y revela detalles que antes pasaban inadvertidos.

La incomodidad fértil del riesgo

Por supuesto, acercarse a lo extraño implica incomodidad. No controlamos el terreno ni dominamos el lenguaje del nuevo espacio, y eso puede provocar miedo. Sin embargo, esta incomodidad es fértil: allí se forjan aprendizajes que no se obtienen en zonas seguras. En la ciencia, por ejemplo, los avances surgen cuando alguien se atreve a cuestionar lo que parecía indiscutible, aventurándose por hipótesis imprevisibles. Del mismo modo, en la vida emocional, conocer a personas distintas o afrontar decisiones no calculadas en exceso rompe la sensación de que todos los días son iguales. La incertidumbre, lejos de aplanar el mundo, le añade relieve y contraste.

Evitar el mundo plano: profundidad en lo cotidiano

A partir de esto, evitar que el mundo se sienta plano no requiere viajes exóticos ni gestos heroicos. Consiste en introducir pequeñas grietas en la costumbre para que por ellas se filtre lo insólito. Tomar otra ruta al trabajo, cocinar un plato de una cultura lejana o simplemente hacer una pregunta nueva a alguien cercano ya modifica la textura del día. Como en las novelas de Murakami, donde lo fantástico emerge en medio de lo ordinario, lo extraño puede convivir con la rutina sin destruirla; más bien la ilumina desde ángulos inesperados. Así, el movimiento hacia lo nuevo se convierte en una práctica constante de reencantar la realidad.

Construir una identidad en movimiento

Finalmente, al correr hacia lo extraño y lo nuevo no solo evitamos un mundo plano, también impedimos que nuestra identidad se vuelva rígida. Cada encuentro con lo desconocido nos obliga a revisarnos: a abandonar certezas, a reescribir creencias, a admitir que somos procesualidad y no estatua. En muchas tradiciones filosóficas contemporáneas, el yo se entiende como un proyecto en marcha, siempre incompleto. La propuesta de Murakami encaja con esta visión: movernos hacia lo diferente no es un adorno vital, sino parte esencial de lo que somos. Al permitir que lo nuevo nos transforme, el mundo gana profundidad y nosotros, espesor interior.